viernes, 4 de marzo de 2016

Camisas rosadas

Publicado en:
Mamá en Montreal
Por:
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Foto: Facebook / Pink T-Shirt Day Society

El pasado 24 de febrero se celebró en Canadá el Día de la Camisa Rosada, una jornada de concientización en contra del acoso escolar o bullying. Yo me enteré de la iniciativa porque vi en varios medios de comunicación y cuentas de redes sociales a varios ministros vistiendo camisas de ese color y tomando parte en la acción colectiva. Y lo aplaudo.

El Día de la Camisa Rosada es una iniciativa que empezó con una protesta en una escuela de Nueva Escocia, en 2007. Un estudiante fue acosado porque estaba vistiendo una camisa rosada. Otros jóvenes que consideraron injusto el hecho, decidieron hacer algo y convocaron a una protesta pacífica en el colegio. Así, un día se presentaron a clase muchos estudiantes vistiendo prendas de ese color. Los acosadores entendieron el mensaje: “los que están mal son ustedes, no él”. A partir de allí se ha generado un movimiento interesante, que tiene su “sede” en esta página web http://www.pinktshirtday.ca/ y que ha ido ganando notoriedad. Me alegra sinceramente que hoy sea motivo de cobertura mediática y que figuras muy visibles estén uniéndose y espero que siga creciendo.

La idea del acoso en los niños y jóvenes me lleva a pensar varias cosas. Como madre, pienso en el futuro de mi hija y en esta amenaza y me preocupa muchísimo que tengamos que enfrentarla. Sé que lo mejor que podemos hacer es informarnos y prepararnos por si se presenta más adelante. Pero no sólo desde el punto de vista de la potencial víctima, sino también desde la prevención ante los potenciales victimarios. Porque me parece tan importante prevenir que nuestros hijos sean acosados como que se conviertan en acosadores o en cómplices de estos.

Cuando uno está creciendo, uno necesita ser aceptado, sentirse parte de algo más. Y uno comete muchos errores en la búsqueda de esa aceptación. Si la gente que pretendes que te acepte tiene buenos valores y se fija, por ejemplo, en un buen rendimiento académico o deportivo, allí te vas a querer destacar para llamar su atención. Pero si por el contrario lo que les parece atractivo es el poder, la dominación de un territorio, la imposición, es probable que te lleves por delante a otra gente, sin ser demasiado consiente de ello, buscando tu lugar ante los ojos de los abusadores. Y este proceso es tan “natural” que muchas veces los niños y adolescentes no son capaces de darse cuenta de que están actuando como los acosadores. Hasta que del otro lado se registran problemas, que en muchos casos llegan a ser lamentables e incluso fatales.

He leído con horror en los últimos tiempos sobre niños y jóvenes que se quitan la vida por ser víctimas de acoso de parte de sus compañeros. Y siempre pienso en qué pudo haber hecho el otro, el acosador, para que eso sucediera, pero sobre todo pienso en qué pudo haber hecho el resto, los testigos que guardaron silencio, para evitarlo. Y allí me parece que está la clave. Los acosadores no actúan solos. Los acosados deben poder recurrir a alguien en busca de ayuda.

Como madre y como hija sé que la comunicación abierta y directa en las familias es vital para cualquier aspecto de la vida (de toda la vida, incluso adulta). Pero también sé que inevitablemente hay ciertos puntos en los que esa comunicación se interrumpe y es allí donde las bases de lo que hemos sembrado como padres se hacen más valiosas.

Creo firmemente en que uno de los “nutrientes” psicológicos de una crianza saludable es la empatía. Ayudar a nuestros hijos a entender sus sentimientos y los de los otros, a poder imaginar qué se siente determinada acción que ejercen y cómo afecta a quienes los rodean. Esforzarse porque estén pendientes de conocer y expresar sus sentimientos es, me parece, la primera clave. La segunda: hacerles ver al otro, hacerles tratar de imaginar qué siente y qué necesita y animarlos a actuar en consecuencia.

Mi hija, que es muy pequeña, juega con sus muñecos y dice cosas como: “está contento”, “tiene sueño”, “tiene hambre”, “se hizo un bobó. Y yo aprovecho para preguntarle: “¿cómo se siente?”, “¿está contento?”, “¿está triste?”. Y si al muñeco le pasa algo y está triste, le digo: “¿le hacemos un cariño?”, “¿le damos una taza de té?”, y a ella por lo general lo que le gusta que hagamos es que mamá lo abrace y lo cuide, porque ella sabe que eso la hace sentir mejor cuando algo le molesta.

Este pequeño juego para mí es muy importante, porque me hace pensar que algo le estoy diciendo con cada una de esas acciones. Y es ése el tipo de mensajes que yo quiero transmitirle: los indirectos, los que dejan un aprendizaje por el ejemplo y por lo que nos ve hacer todos los días. Porque considero que son los más naturales y los que mejor llegan.

¿Cómo ayudar a nuestros hijos a que sean más empáticos? Yo creo que enseñándoles por el ejemplo. Y ojo, no queremos niños que pierdan la capacidad de ser honestos y enmascaren todo en una falsa idea de que les da lo mismo. Si algo no les gusta, deben poder expresarlo. Pero hay que hacerles ver la naturaleza de lo que no les gusta: “¿No te gusta el monstruo porque es feo o porque es malo? No hay ningún problema con lo que se vea distinto o te parezca “feo”. A mí lo que no me gusta es que se porte mal”, por ejemplo.

Enseñar con lo que hacemos es fundamental. Ayudar cuando el otro tiene un problema; explicar que no está bien reírnos del otro ni burlarnos de cómo luce, habla o camina; que si alguien no sabe algo no es su culpa y que si se lo podemos enseñar es nuestro deber hacerlo; dar una mano siempre y mostrarles que una sonrisa no nos cuesta nada. Enseñar que cuando algo no les parece justo deben manifestarse y nunca apoyar, ni siquiera con el silencio, a quien comete la injusticia.

Todas estas cosas las mostramos a nuestros hijos en nuestra propia interacción cotidiana con ellos y con los demás. Decirle a un niño: “no te burles de fulano” y luego en casa reírnos de él cuando comete un error, manda un doble mensaje. Decirle: “no te rías del peinado de la señora” y luego hablar con la amiga de lo mal que luce la otra, lo mismo. Disciplinar a través del insulto o la descalificación deja heridas que nunca sanan y que muchas veces los niños buscan reproducir en alguien más. Guardar silencio o no tomar parte ante una situación injusta nos hace cómplices de los opresores y, por lo tanto, tan culpables como ellos.  

Como madres, tenemos muchas tareas que cumplir, pero una que me parece que nos urge es criar la gente empática que el futuro necesita.

No queremos que nuestros niños sean acosados. No queremos que sean acosadores ni cómplices silenciosos de éstos.

Hagamos todo lo posible por no criar ni a los unos ni a los otros.

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Cynthia Rodríguez
rodriguezperaza@gmail.com

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