sábado, 5 de marzo de 2016

Leonardo DiCaprio, el renacido

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Entre Fronteras
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Leonardo DiCarpio recibe el Oscar 2016 / Youtube

I.

A guisa de explicación, empezaré diciendo que pocas veces he escrito sobre asuntos del Séptimo Arte, o sobre las Bellas Artes en general. Y no será porque no tenga con qué corresponder, ya que aparte de ser un buen cinéfilo, realicé cuando joven dos años de estudios de Arte Dramático. Con estas dos palabras –Arte Dramático-, aparte que así se apellidaba la institución donde cursé, creo que se expresa mejor la complejidad que representa el solo nombre de Teatro.

La formación que recibí me ha dejado huellas agradables; y seguramente más de alguna vez me habrán servido para salir airoso de eventos difíciles. La preparación del actor puede tener facetas prácticas para la vida diaria. Aún hoy, de repente, me encuentro tarareando los estribillos propios de la impostación de la voz; o practicando la relajación, tal como lo señalaba el método Stanislavski, esto es: atención, concentración y relajación. Más difícil es apelar a los ejercicios sicofísicos que enseñaba dicho método, y porque además éstos no deben practicarse sin un fin determinado y una adecuada supervisión.

El método Stanislavski fue introducido en la institución donde estudié, por Giorgio Michi, un enjuto y barbudo profesor italiano, con mirada de búho, como dijera esto último -y sin intenciones peyorativas-  uno de sus alumnos, con ocasión de un homenaje póstumo, tras su muerte un tanto prematura, ocurrida en el 2006. Michi literalmente puso patas arriba a la escuela, cuya pedagogía hasta ese momento estaba influenciada por el teatro español, con sus movimientos y expresiones ensayadas, incluso con marcas en el piso. El rechazo inicial fue muy fuerte. Para colmo el espíritu desafiante de Michi lo puso a remecer los pilares culturales dominados entonces (y posiblemente ahora también), por la autocracia local. A veces exagerada. Por ejemplo, en una de las obras en las que participé (si mal no recuerdo con el papel de Casio), estrenada a plena sala, el dictador “Julio Cesar”, cae abatido en el Senado romano, por ametralladoras, y no a cuchilladas como lo relata su autor, William Shakespeare. Sin mencionar que a la obra la retaceó, trastocando tiempos y espacios.

A Giorgio Michi lo recuerdo más como un amigo que como profesor. Era tan joven como sus alumnos. Me agradaban las reuniones por las tardes, después de clases, en el café DiMarco, en el Trujillo peruano de esos años, ya sea para tomarnos el café, departir con otros amigos, o sólo para ver pasar a la gente que también era una forma de aprender teatro; o quizá comentar sobre algún libro, como el Retorno de los Brujos, o sobre los tatuajes de Rod Steiger -neto actor de tablas- en la obra de Ray Bradbury, El hombre ilustrado. Michi, era una persona de pocas pulgas, tímida y áspera; sin abrir la boca se ganaba antipatías, y tenía un sarcasmo ácido. Sin embargo, los que lo conocimos sabíamos que en el fondo de su alma se encerraba una sensible personalidad.

Pero, ¿qué es el método Stanislavski? Viene de su autor, Constantín Stanislavski, quien nació en Rusia el 5 de enero de 1863 y murió a los 75 años, en el mismo país, en 1938. Actor, director y sobre todo pedagogo, dejó una obra que revolucionó el arte escénico. Stanislavski insistió en la creación del personaje como algo venido desde el interior del actor, recurriendo a sus propios sentimientos y experiencias, para lo cual recomendaba ciertos ejercicios especiales. Cultivó con esmero la expresión corporal, el movimiento plástico, el ritmo, la dicción, el vestuario y la autenticidad en la actuación. Con el método Stanislavski se han formado generaciones enteras de actores, especialmente los salidos del Actors Studio de Nueva York. Entre sus seguidores citemos algunos como Robert de Niro, Al Pacino, Joanne Woodward, Paul Newman y su máximo exponente, Marlon Brando.

Dicho lo dicho, tal vez ahora pueda aspirar a ser un crítico del arte escénico; pero además porque cuento también con aquello que se dice de los críticos, que detrás de ellos hay un “frustrado” en la materia. En efecto, confieso que fui un pésimo actor. Nunca pude “entregarme” de pleno a mi papel. Y cuando digo “entregarme”, me refiero a la casi capacidad real de lanzarse al vacío de espaldas, con los ojos cerrados y sin paracaídas. Yo era de los que al momento de la verdad, abría los ojos e inevitablemente se me escapaba el personaje. Era de los que pensaba en el “qué dirán”. Decían de mí, que era muy “racional” y muy “tieso”, al punto que mis compañeros me tildaron de “soldado”. Pero, -en compensación- era precisamente un excelente crítico de actuación. Habitualmente, al final de una obra o de un ensayo, el profesor me pedía que expusiera mis puntos de vista ante los demás.

II.

Precisemos, que la tradición en el mundo de la actuación establece que los verdaderos actores vienen de las tablas, o sea del Teatro. No sé que tanto peso tiene hoy en día esta presunción, pero diré de mi propio cuño, que hay que ser muy histriónico, (que no histérico) para soportar ese aparataje técnico de “luces, cámara y acción”, una y mil veces, como es lo que habitualmente pasa en una filmación de una obra de cine o televisión. ¿Qué más actuación que comenzar una obra por el final, o tal vez por el medio, sin saber siquiera como vas a terminar el comienzo? En el teatro, tenemos la comodidad de comenzar por el comienzo y finalizar en el fin. Ante las cámaras nuestro rostro y cuerpo es auscultado con grandes periscopios, hasta prácticamente su interior, y nuestros defectos son expuestos, aunque sabemos que la edición nos podría mejorar. En el teatro por el contario, usamos gruesas capas de maquillaje, y para que nos pueda ver el último de la fila tenemos que exagerar nuestros gestos y movimientos. Por otro lado, si bien hay una sutileza intrínseca en el teatro, no es lo mismo la sutileza que podríamos desarrollar ante una cámara que registra nuestros más mínimos movimientos de músculos. Más aún en plena filmación, hasta podríamos pedir “permiso” para “ir a máster”, algo inconcebible en el teatro.

Ahora bien, en base a esto último, es posible que Leonardo DiCaprio, quien no viene del Teatro sino de programas de televisión y comerciales, sea realmente un buen actor y merecedor de un Óscar. Él como Marlon Brando en vida, defiende entre otras causas la protección de las culturas indígenas; sólo que a diferencia de Brando (quien no fue a recibir su Óscar, en 1983, precisamente en protesta por las causas indígenas), DiCaprio fue con toda la disposición a recibirlo, porque pensaba como muchos que esta vez era la vencida.

Al margen de “purismos” interpretativos, encuentro sin embargo, la trayectoria de DiCaprio extraordinaria.

No me cabe duda lo dramático que puede haber sido DiCaprio en su papel en The Revenant para ganar el premio; como igualmente dramático fue el hecho de quedarse abandonado en las gélidas aguas del Atlántico, aquella noche negra que envolvió a 1522 víctimas, tras hundirse el Titanic. O aquel otro papel de joven inocentón en la película The Beach, cuando DiCaprio y sus amigos descubren el paraíso terrenal en Tailandia, el cual pronto se transformará en infierno, entre tiburones y matones traficantes de marihuana.

A pesar de lo trillado del tema, aprecié mucho el film The Quick and the Dead, y encontré como siempre la actuación de Gene Hackman -contra quien se batían todos-, muy convincente; como también la de Sharon Stone; no así la de DiCaprio, quien niño aún se bate a duelo contra Hackman, su padre, el que no tuvo reparos en matarlo. No sé por qué, pero al morir el personaje de DiCaprio, mi pensamiento me llevó enseguida a aquella fingida muerte que parodiaba Jim Carrey en The Mask.

Me parece que los papeles glamurosos le sienten muy bien a DiCaprio, ya sea como Howard Hughes, en El Aviador; o como el truhán divertido de Catch Me if You Can; o incluso, como J. Edgar, interpretando al primer director del FBI; y hasta como “Monsieur” Calvin J. Candie, en Django Unchained.

DiCaprio es una persona que prácticamente toda su vida ha estado consagrada a la actuación. Nació y se crió en los medios hollywoodenses y desde joven empezó a recibir premios por sus papeles interpretativos. Posiblemente tiene mucho que darnos, más aún en esta renacida etapa de su vida.

Víctor Hugo Ortiz
victor@noticiasmontreal.com

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú ...

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