viernes, 1 de abril de 2016

Los niños del país rosado

Publicado en:
Mamá en Montreal
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Foto: Captura de pantalla / YouTube

Los niños tienen que ser niños. Los adultos debemos velar para que esto siempre sea posible. Cuando no lo es, estamos fallando. Estamos fallándoles a ellos. Es así de simple.

Hace unos días vi un video en el que la organización no gubernamental American Civil Liberties Union denuncia cómo niños desde los 3 años deben declarar ante tribunales de inmigración, dentro de los casos de sus familias. En casi la mitad de los casos, estos niños no cuentan con un abogado que los represente. En muchísimos casos, estos niños son deportados a sus países de origen.  

Esto no está pasando en Marte, sino aquí al lado, en Estados Unidos. No me voy a poner a hablar de la actual situación política ni del tema migratorio en ese país, porque no es el tema de este espacio. Pero quiero señalar algunas ideas más bien generales sobre este asunto.

En cualquier situación de conflicto los niños son los más vulnerables. Los adultos, que también salimos afectados, claro, tenemos algunas herramientas para entender y manejar lo que sucede. Tomamos decisiones: “nos vamos de aquí” o “nos quedamos a luchar por esto”. A veces, muchas veces, nos equivocamos y emprendemos una aventura que termina resultando mal porque no hicimos los cálculos más acertados. Y pagamos el precio.

Un niño no puede hacer nada al respecto. Un niño no sabe que el país en el que vive está en medio de un conflicto. Un niño pequeño no entiende demasiado bien en qué país vive, porque un niño pequeño no sabe ni siquiera lo que es un país. En el video que cito líneas arriba, una nena muy pequeña responde a la pregunta “¿Sabes de qué país vienes?”, diciendo “del país rosado”. Prueba mostrarle a tu hija de tres años en un mapa qué es Canadá, qué es Venezuela y luego pregúntale dónde vive ella y de dónde vino. No sabe. Y hay una razón: ella no tiene porqué saber nada de esto. Ella es una niña y eso es lo único que ella tiene que seguir siendo. Y tú y yo tenemos que encargarnos de que así sea.

Los niños no pueden representarse a sí mismos en una corte de inmigración, porque los niños no pueden representarse a sí mismos en ningún escenario. Por eso somos los padres quienes los llevamos y traemos, quienes decidimos a qué guardería van a ir, qué van a desayunar y a qué hora van a dormir (bueno, en teoría, al menos para esta última). Por eso somos los padres sus “representantes” ante la ley, las instituciones, el mundo.

No puedo ni concebir la idea de que a mi hija de tres años la hubieran entrevistado a solas funcionarios de Inmigración Canadá para determinar si nuestra familia podía o no acceder al derecho de venir a vivir aquí. ¿Qué podría decir ella sobre el país que dejamos cuando tenía apenas 7 meses de edad? ¿Qué sabe ella de este lugar en el que hace frío y se habla francés o aquél donde hace calor y se habla español? ¿Qué puede alegar ella sobre la inmigración de su familia, ella que tiene amigos de distintas nacionalidades y que hablan distintos idiomas y que mira un mapa con la misma fascinación con la que ve las ilustraciones de los libros de Dr. Seuss?

Sí es cierto que los niños ven, oyen, sienten las cosas. Que a veces menospreciamos sus capacidades para percibir el mundo que los rodea o para entender ciertas ideas y que precisamente por eso hay que ser muy cuidadosos de lo que decimos o callamos delante de ellos. Sí es cierto que me preocupaba muchísimo qué podría estar pensando ella como bebé cuando yo tenía que interrumpir su hora del baño para refugiarla en un cuarto de la casa al que no llegaba el humo de la basura quemada ni el gas lacrimógeno durante nuestras últimas tardes en Caracas, igual que me preocupaba traerla aquí, vivir el primer invierno, inscribirla en una guardería en francés y tantas otras cosas. Sí es cierto que me encantaría conocer su opinión sobre todas estas cosas, si tan sólo ella pudiera entender, articular, explicar lo que ve y cómo lo vive.

Precisamente el punto de querer irnos del lugar en el que vivíamos la tiene a ella como centro. Precisamente por no querer exponerla a determinadas cosas, hicimos todo lo que hicimos, y lo volveríamos a hacer. Y es precisamente por eso por lo que los padres de esos niños, sean cuales fueren sus circunstancias, decidieron emprender ese viaje que tenía como destino un país en el que pensaban habría mejores oportunidades. ¿Que no hay comparación porque mi proceso fue por una (larga) vía legal y como residente permanente y no como refugiada? No, no estoy de acuerdo. Los niños de refugiados, de residentes permanentes, de residentes ilegales, de ciudadanos, de nativos, todos los niños deberían ser tratados con el mismo respeto. Son niños y punto. Los niños de inmigrantes, independientemente del estatus de sus padres, deberían ser tratados como lo que son: como niños. Y las instituciones, que son conducidas por adultos, deberían velar para que esto siempre sea así.

Es cierto que cada país tiene sus políticas de inmigración y que no siempre a todos nos va bien con ellas. Es cierto que cada caso tiene sus matices y cada historia sus particularidades, pero ese no es el punto. El punto es que los niños no deberían estar expuestos a esto bajo ninguna circunstancia, y mucho menos sin alguien que los represente.

Los niños deberían poder ser niños vengan del país rosado, el rojo, el azul o el amarillo. Y aunque la dura realidad los obligue a regresar allí, no deberían tener que pasar, también por esto. No está bien.  

Cynthia Rodríguez
rodriguezperaza@gmail.com

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