lunes, 18 de abril de 2016

Diario de un inmigrante: Un loco me quita las botas

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Foto: Flickr / Paul Townsend (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

Mi amor, no olvides ir al banco de alimentos más tarde. Lleva el cochecito porque te regalarán comida. Regresarás a la casa cargado de cosas. Te darán verduras y comida enlatada para la semana.

Eso me dijo muy temprano mi esposa, que llegó dos años antes que yo, y sabe a dónde ir y qué tramitar en esta ciudad, casi como agente del chômage. 

Me voy a clases, mi amor. No te olvides llevar el cochecito al banco de alimentos o no podrás cargar lo que te darán. Es bastante…

Paso mis primeras semanas en Montreal bajo un sol pleno que enceguece y no calienta. Montones de nieve se disipan a cinco grados centígrados. La primavera se abre paso.

Rendidos por el invierno, los zapatos peruanos que me traje ya me mojan las medias. En una tienda de cosas de segunda mano encuentro unas botas. Se ven enteras, abrigadoras, de buena marca. Con cautela las olfateo por dentro: no huelen mal, el difunto era limpio. Me las pruebo. Camino con ellas. Calzan perfecto. Pero dudo. Dudo y las devuelvo a su lugar. Las contemplo. Miro alrededor. Ya viene la primavera, el verano, el otoño ¿para qué comprarlas ahora? Quizá sea mejor gastar los veinte dólares en ropa. Enrumbo por el corredor, pero sigo pensando en las botas. Me detengo. Reculo. Sí, mejor las compro antes que me las ganen. Será una gran compra. Pero a poco que llego al estante un cincuentón alto, fuerte y desgreñado estira sus brazos y de golpe le pone las manos encima. Me grita histérico en inglés: “¡Yo las vi primero. Son mías, son mías, son míííaaasss!”. Y al susto doy dos brincos hacia atrás y me corro hasta el final del pasillo repitiéndole: “son suyas, son suyas, son suyas”.

Volteo a distancia prudente y lo veo festejar su pisotón darwiniano. Masculla algo contra mí. Lo miro llevarse mi presa. Luego habla solo, hace muecas de psiquiatría, le grita a la cajera, asusta a los que hacen cola detrás de él. Se va.

Con el rabo entre las piernas, me devuelvo a la casa y salgo otra vez con el cochecito para ir a pie por la comida.

Dentro del banco de alimentos se forman dos colas. En una esperamos los productos de panllevar: verduras, latas con frijoles y salsa de tomate. Yogur con fecha vencida. Pan tieso que horneado se hará tostada. En la otra fila, la gente se agolpa con su charola como en prisión y paga un dólar cincuenta por un almuerzo con postre. Yo también quiero.

En el primer ambiente de este local hay oficinas y avisos de ayuda social. En la segunda sala, la cocina humea su sabor sobre el amplio comedor popular. Al fondo, un solitario piano de pared con una advertencia: “¡si usted no sabe, no toque!”.

Me ubico en una mesa. Dejo mi cochecito repleto de alimentos a un lado y pago mi dólar cincuenta. Pruebo la sazón: una sopa de fideos munición, arroz con pollo frito, ensalada de tomates, un muffin de chocolate. Me sabe rico. Bebo el refresco y observo a los comensales. Muchos parecen normales. Buena parte, no. Una mujer me ojea con encono como si le debiera plata; algunos miran al vacío mientras cucharean del plato; un joven se hunde en tics nerviosos; el anciano del extremo se para y se sienta por ratos repitiendo palabras que no entiendo. Leen periódicos, completan crucigramas, ríen solos.

A diferencia de mi país, en Montreal he visto a mucha gente con problemas mentales suelta por las calles, aunque merecen sanatorios dignos.

Apuro lo último del refresco y salgo como puedo con el cochecito repleto. Recuerdo al hombre que me quitó las botas esta mañana. Entonces me apresuro. No vaya a ser que se aparezca por aquí, me reconozca y piense que voy por venganza: que lo seguí para quitarle su almuerzo.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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