jueves, 28 de abril de 2016

Diario de un inmigrante: Pero usted no sabe inglés

Publicado en:
Crónicas de Inmigrantes
Por:
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Foto: María Gabriela Aguzzi V. / Grupo NM

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

Sentada frente al jurado que la entrevista para el empleo, la señora Rosa espera con ansiedad la siguiente pregunta. Uno de los miembros lanza la interrogante que cae sobre ella como un zarpazo:

– Díganos, madame, ¿usted sabe inglés?

Aunque sonríe de puro nervio, Rosa se acomoda las gafas como expresando dominio. Si quiere asegurarse el contrato, debe contestar con un rotundo “sí” acompañando el adverbio con un “por supuesto, of course, faltaba más” y moviendo la cabeza en simultáneo y con aplomo para confirmar.

–  ¿Madame, usted sabe inglés? -, le repiten.

Rosa es enfermera y bordea el medio siglo de vida. Arribó a Montreal hace seis años. Mucho antes su esposo había llegado solo buscando empleo. Después de él arribaron sus dos hijas aún adolescentes. Sólo faltaba Rosa para reunirse como antaño. Pero antes del feliz reencuentro, su esposo enfermó de gravedad. Una penosa ironía acompaña esta historia: mientras él agonizaba en un hospital de Montreal, el avión que la traía aterrizaba en Toronto. Rosa no llegó a tiempo. Luego volvió al Perú con sus hijas y las cenizas de su esposo. Ya no quería saber nada de Canadá pero sus hijas la hicieron cambiar de opinión: “mamá, mi papá hizo mucho para que nos fuéramos para allá”. Una vez que regresaron a Montreal, ya no había tiempo para afligirse, debía sacar adelante a las chicas. Resolvió trabajar de inmediato y estudiar francés. Hacía limpieza todas las noches de lunes a viernes. Al amanecer se iba a sus clases de francés. Rosa gozaba de una prodigiosa resistencia ejercitada en sus años como jefa de enfermeras en un hospital de su país. Por las madrugadas de los fines de semana, se iba a un club de golf a las afueras de la ciudad: fregaba baños, lustraba pisos, frotaba los finos espejos donde más tarde se mirarían los acaudalados socios.

Así estuvo varios años hasta que al fin hizo caso al consejo: “estudia algo, Rosita”. Sin abandonar sus trabajos de aseo, Rosa se inscribió en un curso sobre higiene y salubridad de hospitales. Se trataba de un oficio de sumo cuidado, pariente lejano de la enfermería. Rosa era la primera en llegar a clases y en ocupar la primera fila. Pasaron los meses hasta que, a poco de culminar, la profesora la llamó a un lado del aula para invitarla a postular a una plaza en un hospital. Rosa no sabía por qué la profesora la había elegido. Quizá fue porque durante el curso, ayudada por su experiencia como enfermera, respondía a las preguntas de la maestra como esas alumnas sabelotodo. Cuando escuchó la oferta de la profesora pensó: “Debe ser una señal del de arriba”. Con esa recomendación se presentó a la entrevista donde el impaciente jurado aguarda su respuesta: ¿Madame, sabe inglés?

– Sí, sí, claro que sé. Of course –, resuelve Rosa con el arrojo de quien lanza los dados a ver qué pasa.

Dicho esto, el jurado la ametralla inclemente en la lengua del Tío Sam. La expresión desencajada de Rosa suplica piedad.

– ¿Entendió?

– Bueno, un poco…

– ¿Sabe o no sabe inglés, madame?-, insisten.

– Sí, sí sé, pero el inglés que aprendí en la escuela de mi país-, y sonríe con candidez.

Madame, para este puesto necesitamos personas que hablen francés e inglés. ¿Cómo va a ayudar usted a un paciente si no sabe inglés?

– De repente mi inglés no es perfecto, pero puedo ayudar a quien lo necesite gracias a mi experiencia como jefa de enfermeras en mi país.

– Seguramente, pero usted no sabe inglés

Rosa se marcha cabizbaja.

Y pasan los días.

Sigue en sus trabajitos de aseo y yendo a sus clases. Una tarde se encuentra con su profesora y le cuenta lo sucedido. La profesora hace una llamada por teléfono y luego le dice a Rosa que aprobó la entrevista y que no se preocupe por el inglés porque el director del hospital le pagará el curso para que lo aprenda una vez que firme el contrato. Rosa considera: “debe ser una señal del de arriba”.

Sus hijas ya son jóvenes y estudian una profesión. Rosa no tiene aún muchas horas de turno en el hospital, por eso no deja de hacer limpieza en un banco. Cuando culmina su jornada, ya sea de día, al atardecer o pasada la medianoche, regresa como un rayo a su casa. Abre la puerta sin hacer ruido, saluda a sus hijas si están despiertas y apura el paso hacia una de las habitaciones donde se halla el hombre de sus sueños: Rosa se ha vuelto a enamorar. Una vez dentro, advierte el aroma de flores nuevas, la paz que embellece una casa. Alguien duerme. Entonces enciende la lámpara, se apoya sobre la orilla de la cama, asoma su cabeza con calma y contempla el sueño delicado de un niño: su nieto. Para Rosa, la gran señal del de arriba.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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