lunes, 9 de mayo de 2016

Diario de un inmigrante: Una pianista espera la primavera

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Pianos publics de Montréal

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

 

Ya en la calle, Felipe no se contuvo más y decidió pedirle a madame Catherine que le enseñara a hablar en francés. Felipe había arribado apenas unos meses antes a Montreal y el curso de francés que le subvencionaba el gobierno era insuficiente para su prisa por conseguir empleo. Así es que resolvió tomar un atajo animando a su antigua vecina, la octogenaria madame Catherine, a que practicara con él todas las tardes a la hora del té.

La primavera florecía. Madame Catherine y otras personas rodeaban un piano dispuesto sobre la vía pública. A Felipe le sorprendía que en esta ciudad pusieran los pianos en la vereda para musicalizar el soleado paisaje, pero ese swing encendía el alma otoñal de madame Catherine. Mientras aguardaba su turno, alguien tecleaba los acordes de un bolero y la anciana parecía evocar los ardores extintos del amor. Felipe le tocó el hombro deshaciendo el encanto. Ella volvió en sí y lo observó con sus redondos ojos azules, cogiéndose las gafas desde su corta y encorvada figura.

Felipe miró a su esposa con cara de “dile a lo que venimos” y ella, que sí hablaba bien el francés, se acercó a madame Catherine:

– Mi esposo quiere saber si usted puede ser su jumelle. 

– ¿Qué cosa? ¿Qué cosa es jumelle? –, preguntó la robusta mujer.

– Su jumelle, es decir, su pareja para aprender francés. Su jumelle, que así le dicen en la universidad a alguien con el que practicamos una lengua.

Madame Catherine escudriñó el rostro de Felipe como quien examina un bicho raro e inofensivo. Al cabo de una pausa sentenció suspirando: “ahora no puedo, querida. Como ven, estoy muy ocupada aquí en el piano. Búsquenme en setiembre”, y volvió al fondo musical de donde había salido.

Felipe no necesitó traducción.

– ¿En septiembre? ¡Pero si estamos en mayo! ¡Esta señora es una mala gracia! ¡Y yo todavía la aplaudo cuando la veo tocando el piano!

– No hables así, Felipe. Entiende que es una persona mayor. Estar con el piano y con la gente debe ser su felicidad.

Tres cuadras separaban a la pareja de su apartamento. En el trayecto, ya más sereno, Felipe se acordó de la primera vez que supo de madame Catherine.

– No hagas ruido, ¿escuchas el piano? -, le pregunta Felipe a su pequeña hija.

Ella le susurra sin sobresaltos: “es madame Catherine, papá. La vecina de arriba”.

La esposa y la hija de Felipe habían llegado mucho antes que él a Canadá. Rentaban un apartamento dentro de un edificio de inquilinos jubilados. Soportaron juntas el frío crudo de febrero y en una de esas noches se toparon con el andar cansino de madame Catherine, que iba cargando las pesadas bolsas del mercado, hundiéndose en la nieve, sobrepasada por la violencia del aire y los transeúntes impasibles. La esposa de Felipe vio en ella a la abuela que había dejado en su país y se apuró a auxiliarla. Se dieron cuenta de que eran vecinas y la amistad surgió.

Cuando Felipe pisó la ciudad, su esposa lo puso al corriente de madame Catherine: una cariñosa abuela québécoise que enterada de que vivían solas como ella, les tocaba la puerta al menos una vez por semana para verificar que todo marchara bien, dejarles unos consejos y surtir de golosinas a la niña. Casi todas las noches, en la plenitud del silencio, la abuela afinaba en su piano de pared un repertorio de animados valses y música popular. Algunas veces culminaba el recital casero con los nocturnos de Chopin redoblando en el inmueble la negrura del invierno.

A poco de arribar Felipe, la familia se mudó a tres calles y ya sólo veían a la encanecida mujer cuando transitaban cerca de su cafetería preferida, a mitad de la avenida. Madame Catherine se acomodaba en su mesa favorita para dos que sólo ocupaba ella con su café y su bolsón negro. Desde ese punto divisaba a través del vidrio el paso de la gente o algún horizonte imaginario.

Una tarde se acercaron a saludarla. Impulsada por el júbilo, la abuela abrazó con fuerza a la niña y sonrió a los padres. Sobre la mesa había una antigua grabadora de mano. “Aquí grabo mis ensayos en el piano y luego los escucho mientras espero la primavera”, les explicó aumentando el volumen para que constataran. La esposa de Felipe no era impertinente, por eso nunca se animó a preguntarle por su familia. Pero Felipe era chismoso y la alentó a hacerlo. Madame Catherine contestó: “mis dos hijos ya murieron, y yo sólo estoy esperando eso: morirme”, y aquietó la voz. En segundos, unas gotas surcaron sus mejillas marchitas. La niña la consoló. La anciana se quitó los anteojos. Sus blancas manos rugosas temblaban. Sacó su pañuelo y, como queriendo olvidar, reinició en la vieja grabadora el audio de sus ensayos al piano, pero se escuchó una triste melodía que le soplaba más recuerdos.

Su esposa ya le había adelantado algunas realidades de esta sociedad. Felipe se dijo: “En mi país estaremos mal, pero los abuelos no se mueren solos. ¡Casi siempre hay alguien que te da una mano: un pariente, un amigo, un tío, un perro que te ladre!”.

A veces pasaban semanas sin verla. Entonces especulaban lo peor. “Acá uno puede estirar la pata  y nadie se da cuenta o se enteran por el olor”, ironizaba Felipe. Pero unos días después, por los alrededores, madame Catherine resurgía entre la nieve desafiando el mal augurio.

Felipe abrió la puerta del apartamento y pensó que su esposa tenía razón: al fin y al cabo, el piano alegraba a la abuela. A unas calles de ahí, madame Catherine aguardaba su turno entre otros ancianos como ella o acaso ya ocupaba su lugar en la banqueta del piano, ofreciendo concierto, floridas armonías; aplaudida, rejuvenecida, dando compañía a su solitaria vida.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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