jueves, 26 de mayo de 2016

Diario de un inmigrante: Con una pequeña ayuda de mis amigos

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / Robert Couse-Baker (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

Dos días antes de la mudanza, Julián recibió de su esposa la mala noticia: “La camioneta que renté no nos alcanzará para llevarnos todo”. Julián pensó que era una broma, pero esos ojos de susto le dijeron lo contrario.

Su esposa había alquilado el vehículo sólo por algunas horas y no tenían dinero suficiente para recargos por sobretiempo, y si ella había calculado bien, entonces no había margen de error. Tampoco podían llamar a la compañía para descambiar la camioneta, no porque vetaran devoluciones de último minuto, sino porque ya casi no había ni un solo vehículo desde hacía varios días. Cuando Julián arribó a Montreal (un año después que su esposa), quedó boquiabierto al saber que en la ciudad todo el que quería mudarse lo hacía casi siempre en julio. En ese mes vencía la mayoría de los alquileres anuales y los inquilinos proyectaban con antelación su traslado en caravana. Para Julián ese ordenamiento era imposible en el caos urbano de su patria, donde irse sin pagar la renta no era novedad.

– ¡Y ahora qué hacemos!- exclamó la mujer.

– Algo se me ocurrirá – respondió el marido con el aplomo de quien viste los pantalones, pero rumiando aún la mala nueva. Minutos después cogió su celular y marcó.

Al otro lado de la línea le contestó Ricardo bajo los bostezos de la siesta. Ricardo, como Julián, era de contextura media y corta estatura, y llevaba pocos meses en Canadá. “Tengo un problema con la mudanza, hermano, la camioneta es muy pequeña, pero ya tengo la solución ¿puedes venir mañana?”, le preguntó Julián.

– Mientras no me agarres de burro de carga, ahí estaré, compadre – le prometió Ricardo, un talentoso ingeniero industrial que en unas semanas más trabajará de noche como mesero en rumbas interminables y, de día, cargando pesadas cajas en los almacenes de Dollarama, partiéndose el lomo como remero en galera. Pero como todavía no lo sabe, su peso y su vigor siguen intactos.

Al día siguiente, Ricardo tocó puntual la puerta. Julián lo recibió con su esposa al costado y le pidió que los acompañara al supermercado Metro a cuatro cuadras de allí. “Vamos y en el camino te explico, compadre”, le dijo.

Eran las seis de la tarde y el sol aplazaba con ímpetu su ocaso. La avenida Côte-des-Neiges hervía de gente. En las terrazas de los cafetines los jubilados veían pasar con resignación el desenfado de la juventud y la belleza. Sobre la marcha, Julián le explicó a su amigo: “vamos a coger dos carritos del supermercado y con eso trasladaremos las cosas que pesan poco pero que me hacen bulto”. Al escucharlo, Ricardo vaciló. Pero antes de que objetara algo, Julián continuó: “no te asustes, compadre, me estoy mudando a un departamento que queda a dos calles de donde estoy”. Sin embargo, eso no fue suficiente para sosegar a su compadre:

– ¿Pero, Julián, los vamos a pedir prestados o los vamos a coger, nomás?

– Ricardito, hermano, ¿cómo les vamos a decir al supermercado que nos preste dos carritos para la mudanza? ¿Eso pasa en tu país?

– Ah ya, o sea, los vamos a coger, nomás… ¿Y si nos dicen algo?

– Compadre, tú coges el carrito nomás y listo. No pasa nada. Luego los devolvemos.

Cada vez menos convencido del plan, Ricardo bromeó camuflando su temor: “¿Y si nos agarran y llaman a la policía, y nos denuncian por robo y nos deportan?”.

Para calmarlo, Julián le respondió: “ya, como eres bien marica, te vas con mi esposa, compran algo y salen con el coche”.

Y así fue.

Ricardo y la esposa de Julián fingieron ser una pareja compradora que salía del supermercado buscando en el estacionamiento el auto que no tenían. Julián fue más avezado: observó a su alrededor y cogió uno de los carritos aparcados afuera del local, dio media vuelta y caminó tranquilo sin detenerse ni mirar atrás. Cuando llegó a la esquina echó un vistazo. Nadie lo seguía. En algún momento su esposa y Ricardo habían cruzado la avenida y marchaban en la vereda del frente sin novedad. “Buena táctica para despistar”, pensó Julián. Ya a dos calles lejos de la tienda, Julián aceleró hasta casi correr y esperó a sus cómplices en la puerta de su casa.

“¡Ya ves que no pasó nada!”, dijo Julián. “Bajemos todo rápido antes de que se vaya el sol”.

Llenaron los coches con documentos de valía, con platos, ropa, lámparas y demás chucherías que adornaban el hogar, y enrumbaron en mínimo tropel hacia el departamento.

– Compadre, está cerca, ¿no? – preguntó Ricardo.

– Sí, compadre, está cerquita – le respondió Julián.

En efecto, el departamento se hallaba a dos calles, pero Julián omitió decir que eran dos cuadras interminables que más parecían cuatro.

En su trayecto de malabares se percataron que no debían acelerar: los carritos brincaban sin tregua por lo irregular del asfalto. Sus rejillas quejosas causaban tal estrépito que sobresaltaban a los vecinos tendidos en sus balcones, desde donde los observaban con extrañeza, quizá creyendo que eran dos indigentes más paliando el hambre, recogiendo lo inservible dejado junto a la basura.

Por fortuna, Julián se había mudado al primer piso. De manera que no hubo que subir muchas escaleras con las cosas. El viaje inicial fue un juego de niños. Pero a partir del quinto ya parecía una doliente penitencia. Bien entrada la noche, la calma volvió al vecindario. El maltrecho Ricardo se despidió, pero Julián lo comprometió a volver para la mudanza total. “Sí, compadre, aquí estaré de todas maneras”, le respondió más por civismo que por convicción. A la mañana siguiente, Julián devolvió con cautela los carritos del supermercado, uno por uno.

El día de la mudanza, muy temprano, llegaron Fabiola y su esposo Jorge desde los pacíficos parajes de Mascouche. Fabiola era una diestra conductora así es que se fue con la esposa de Julián a recoger la camioneta, dejando a los varones el trabajo duro. Jorge, su marido, conocía las mañas para cargar peso sin molerse demasiado. Había aprendido a la mala siendo obrero de construcción en su década como ilegal en los Estados Unidos. Su historia es un guion inédito para Hollywood digno de un Óscar cuando lo filmen. Minutos después arribó el afanoso Ricardo: recompuesto, desayunado y fiel al castigo. El último en tocar el timbre fue Pedro, un robusto ingeniero informático padre de dos niñas, que al fin había hallado empleo tras muchos correteos. Cargaba una surtida caja de herramientas como si fuera un botiquín de primeros auxilios.

Los cuatro obreros comenzaron mal: arañaron el piso de parqué al arrastrar por flojera los dos sofás camas de la sala. No repararon en su ineptitud y continuaron la faena. Todo lo hicieron muy rápido. Ya con los ambientes vacíos, de a pocos montaron las cosas en la camioneta que hizo tres viajes de ida y vuelta. Cuando descargaron todo en la puerta del nuevo edificio, Fabiola partió veloz para devolver el vehículo a tiempo. Los muchachos subieron las posesiones con pasos de hierro.

“¿Un departamento en el primer piso tiene balcón?”, es lo que no comprendió Julián cuando buscaba dónde mudarse porque en su país no existe el sous-sol (ese sótano que le gana medio cuerpo de altura al nivel del suelo); y eso podía elevar un primer piso hasta dos metros sobre la acera y hacer necesario un balcón, como en el caso del departamento de Julián.

La brigada acomodó sin ningún criterio las pertenencias en todas las habitaciones. Sólo restaba lo más pesado: los dos sofás camas tremendos. Los obreros aplacaron su trajín con cervezas heladas mientras especulaban por dónde subirlos.

– Estos sofás no van a pasar por la escalera – les aseguró Jorge con la gravedad de la experiencia – Hay que levantarlos y meterlos por el balcón, nomás.

– ¡Pero si somos bajitos! – dijo Julián mirando a sus hombres.

– Empínate, pues, compadre – le replicó Jorge.

Pedro y Jorge pararon el primer sofá cama y lo alzaron con determinación. Julián y Ricardo salieron por el balcón para recibir el cuerpo colosal y tironearlo hacia adentro de la sala como dos hormigas a un elefante dormido. La flaqueza los minaba. La vieja baranda del balcón, que hacía las veces de punto de apoyo, tenía un diseño recto que se curvó de inmediato por el peso. Con el penúltimo impulso, los dos de arriba jalaron el sofá cama y lo arrastraron hasta el fondo desordenado de la sala. Del mismo modo operaron para cargar el segundo sofá, pero a mitad del suplicio Julián sintió un leve crujido en el piso del balcón y pensó lo peor. Al voltear vio que uno de los extremos de la baranda se había desprendido de la pared anunciando la tragedia. Ricardo, a su lado, parecía no haberlo notado porque estaba encorvado como una ce respirando con toda su enjundia. No hubo tiempo para decir nada. Julián lanzó un gruñido de guerra y al fin dominaron el bulto con los arrestos finales de sus fuerzas.

El sol ardía como en desierto. Con el desafío cumplido, los amigos fraternizaron con las cervezas, comentaron entre risas la ardua jornada y se despidieron de a pocos. Al rato, la esposa de Julián entró al departamento y se quedó de una pieza al ver el desbarajuste. Entonces trazó en su imaginación dónde iría cada mueble, dónde cada cuadro, cada artefacto, cada rama del nuevo nido. Y lanzó:

– ¡Mi amor, tenemos que ordenar todo cuanto antes!

Julián asintió sin protestar, porque en realidad pensaba en el antiguo y maltrecho balcón: si acaso se desplomaría sin avisar y con él encima cuando se le antojara disfrutar de un atardecer de verano.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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