jueves, 9 de junio de 2016

Diario de un inmigrante: ¡El dinero está botado en la basura!

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Crónicas de Inmigrantes
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Foto: Flickr / Sylvain Racicot (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera.

Diego miró por la ventana y vio pasar nuevamente al hombre flaco que, a juzgar por su ropa vieja, andaba tan necesitado como él. Se trataba de un asiático huesudo y encorvado por los preludios de la vejez que jalaba sin apuro un carrito de mercado. Era el tercer día que lo veía transitar por el barrio y siempre a la misma hora de la mañana. Le llamó la atención. Entonces decidió observarlo para saber qué diablos fisgoneaba entre los cubos de la basura colocados en las calles. “Este chino no busca comida porque acá la comida se la regalan a los pobres. Debe ser otra cosa y esa cosa debe dar plata”, pensó Diego.

De los dólares que Diego trajo consigo desde su país sólo le quedaba el sinsabor de la ruina. Sabía que para ingresar a Canadá debía declarar en migraciones tres mil dólares en el bolsillo como mínimo. Según las autoridades, estos le bastarían para sobrevivir los tres primeros meses en Montreal mientras aguardaba su carné de residencia y otros documentos exigidos para estudiar o trabajar por la vía legal. Pero la urgencia de reencontrarse con su esposa y de un porvenir mejor juntos propiciaron la mentira: en el aeropuerto afirmó a los agentes que traía los tres mil, aunque en el secreto de los calzoncillos camufló sólo la mitad.

Lo bueno fue que arribó a Montreal a fines de marzo con el adiós del invierno. Sin embargo, ahora el calor de julio se anunciaba. Así que mientras conseguía empleo, Diego se ocupaba de la casa en las horas de universidad de su esposa. Andaba en esos ajetreos cuando vio pasar al asiático y salió de su casa para perseguirlo.

Vio al reciclador hundir sus manos entre la basura con frialdad de matarife. Las metía con temeridad, sin guantes y a fondo hasta palpar lo buscado. Un leve gesto en su rostro revelaba el encuentro feliz con el exiguo tesoro: una lata de cerveza o de bebida gaseosa que depositaba de inmediato en el carrito para continuar con el trámite en el basurero siguiente. A Diego no le asqueaba mucho el asunto, deseaba saber qué haría el hombre con las latas. El asiático recorría las calles con parsimonia y Diego lo seguía a media distancia. Una vez con el carrito repleto, el hombre se dirigió al supermercado donde depositó los envases de hojalata en una máquina automática y tragadora. Cuando metió todo, el aparato imprimió un boleto que la cajera le cambió por unas monedas. “Acá está la plata botada en la basura”, se dijo Diego sorprendido por ese invento ecológico y pecuniario inexistente en su país.

Al día siguiente esperó a que su esposa se fuera a la universidad para enrumbar a su nuevo autoempleo. No debía laborar cerca del barrio, no vaya a ser que alguien lo reconociera. Se fue lejos, por el distrito residencial de Outremont. A falta de carrito de mercado, llevó su maletín deportivo. En los primeros basureros halló varios envases. La cosa pintaba bien. Notó que las ardillas pululaban entre los residuos atenuando su hambruna. Su esposa le había advertido de los peligros de andar distraído cerca de los basureros: no vaya a ser que un mapache te muerda o que un zorrillo te bautice en pestilencia. Anduvo al brinco. Avisaba moviendo o pateando levemente los cubos antes de levantar las tapas. Al mediodía tenía el maletín casi lleno. Regresó a su casa y pasó antes por el supermercado. La máquina le cambió el cargamento por tres dólares con cincuenta centavos. Peor es nada. Hizo cálculos mentales, multiplicó. También se percató de que la máquina rechazaba algunos tipos de latas, pero en pocos días supo diferenciarlas con oficio. Lo único malo de la labor era el olor recargado. Le contó a su esposa el descubrimiento: “¿Acaso no sabías que existían esas máquinas?”, le respondió ella. A veces, cuando iban juntos por la calle y no había nadie cerca, Diego echaba vistazos a los depósitos públicos, cogía las latas más al alcance y las metía en la bolsa negra que siempre llevaba consigo.

Este hombre está chiflado. ¡Te vas a enfermar!, le advertía su esposa.

¡Mujer, el dinero está botado en la basura!

Un viernes por la tarde se fue a un concierto gratuito al aire libre de la Orquesta Sinfónica de Montreal. Cuando acabó el espectáculo se arrepintió de no haber llevado su maletín ni sus bolsas porque los asistentes habían regado sobre el césped los vestigios de su sed vikinga: cientos de latas vacías de cervezas esparcidas como pepitas de oro. Los bolsillos de Diego no le dieron abasto. Eran tantas que no pudo computar los dólares perdidos por su falta de olfato previsor.

A fines de julio, Diego fue contratado para limpiar de noche la cocina y el bar de un hotel. Ahí hallaba una buena cantidad de latas cuando reemplazaba las bolsas de basura. Por entonces ya había abandonado sus recorridos como reciclador diurno, pero cuando se topaba con una lata en su camino la recogía sin rubor. Al terminar la jornada hotelera casi siempre llegaba a casa con un pequeño lote de latas que escondía en el placar para que su esposa no lo notara, pero el tufo lo delataba a la mañana siguiente.

Su jefa del hotel le pidió sustituir a alguien en el horario de la mañana y Diego aceptó. El primer día lo enviaron a escurrir los trapeadores a un baño sombrío dentro del almacén. Al encender la luz sus ojos cobraron el brillo cegador de la codicia: una inmensa y bien atada bolsa repleta de latas vacías de cerveza descansaba frente a sus narices. Sin duda era lo acumulado en el bar un fin de semana en una zona donde él no alcanzaba a limpiar. Por la cantidad era imposible que estuvieran contadas. Fue poseído por la tentación de hacer un agujero debajo y por detrás para sacar algunas. Una más, una menos, total, nadie lo notaría. Cuando ya estaba en cuatro patas a punto de consumar el acto, abrieron de golpe el almacén y unos pasos se acercaron con prisa hacia el baño, empujaron la puerta y encontraron a Diego sosegado, exprimiendo las mugres finales para seguir baldeando el piso del hotel.

Cuando se quedó solo otra vez lo pensó mejor y cambió de opinión. 

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Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

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