jueves, 11 de mayo de 2017

Las crisis desde la distancia…

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Conquistando horizontes
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Foto: María Gabriela Aguzzi / Grupo NM

Este texto fue originalmente publicado el 23 de marzo de 2014

Durante las últimas semanas me he cuestionado sobre lo que ocurre con nuestro proceso migratorio cuando las crisis en los países de origen sobrepasan lo tolerable y cómo estas son vividas desde la distancia. La incertidumbre pareciera ser la figura central frente a las situaciones críticas. Existe una figura de la mitología que podría ser asociada con el manejo de aquello que no podemos controlar y nos llena de ansiedad, es Penélope, la esposa de Ulises, Rey de Ítaca, quien parte a la conquista de nuevos retos.

Cuenta el mito que Penélope se sentaba durante horas a tejer y a destejer su manto y tomada por la incertidumbre solo esperaba que algo ocurriera. Desde el relato, en el hacer y en el deshacer de su manto se creaba un espacio de espera, procurando controlar la ansiedad, tratando de poner las ideas en orden, tratando de saber cuáles eran sus alternativas frente a su realidad. Para muchos los cuestionamientos sobre la realidad de un país como Venezuela ha requerido de horas y días de tejer y retejer sobre una realidad que mueve emociones diversas. En momentos han sido sentimientos de impotencia, incredulidad, bríos, coraje, pero en general, desde el dolor de ver a la patria sumergida en una explosión y sentir que, como inmigrantes, somos testigos impotentes de un externo al que no podemos controlar y que nos baña de angustias y tensión.

Muchos relatos se han compartido entre la comunidad inmigrante, mucha emoción sentida. Conversaciones que tratan de dar un análisis buscando ver qué hay más allá. Dolor y furia silente y, sobre todo, ese sentimiento de impotencia que a muchos afecta. Este sentimiento podría ser reflejado en el discurso de un chico que puede mostrar lo que nos sucede como inmigrantes cuando somos testigos de las crisis de nuestros países.

“…Chica, tú sabes cómo me siento, como si tuviera ‘el mal del huérfano’, vivo en este país que me ‘adopta’ y tengo la seguridad que necesito, los proyectos que espero para mi familia, voy al trabajo a cumplir con la tarea y las metas del  día, almuerzo con compañeros que muchos no tienen ni idea de dónde queda Venezuela. Pero como adoptado, mi cabeza no puede estar aquí, ni en las metas, ni en los retos que voy a lograr. Mi corazón toma mi cabeza y desde mi orfandad, en este momento,  lo único que deseo y ansío es saber qué pasó con mi tierra. No quiero ser malagradecido y valoro todas las oportunidades, todo lo que he alcanzado, todo lo que tengo que, por cierto, me lo he sudado y muchas batallas he enfrentado, porque estar acá es duro, muy duro y tú bien lo sabes… Es verdad, mi cuerpo está aquí…pero mi corazón y mi cabeza no tienen otro lugar que mi tierra natal. Cómo te explico que me están hablando y pienso en las colas interminables que tiene que hacer mi mamá para comprar un poco de harina… que no duermo porque sigo pegado al internet noche tras noche, tratando de encontrar una explicación de lo que ocurre, que vengo de leer el texto que me envía mi tía contándome que le echa más agua a la sopa para que rinda un poco más porque hace tres semanas que no se atreve a salir, que por momentos, me embarga un deseo de esperanza y lucha, y al mismo tiempo un dolor de cuánto hay que pagar por ello. Chica, que me siento culpable de lo que como…y que nosotros acá, en el mercado tenemos de todo y es entonces que se me hace un nudo en la garganta…gracias a Dios están las marchas y voy y grito muy duro, muy fuerte a ver si me saco esto que llevo por dentro para luego no quedar sino vacío y silente…que necesito sentirme útil, que apoyo y ayudo de algún forma…hay días que me siento culpable, no quiero saber nada y me quedo como en la luna, como sobrecargado, no sé, todo esto va muy rápido y lento a la vez…Yo sé que tú no me entiendes Marina, tú no tienes idea de lo es que te maten por un teléfono o que te marquen el brazo por lo poquito que compraste en el mercado pero al menos hoy, tú comprendes por qué regresé de la marcha y tengo las manos pintadas de blanco…”

Desde la posición de inmigrantes podemos vivir una especie de espacios paralelos, en donde dos realidades requieren ser adoptadas. Por una parte, muchos inmigrantes pueden sentirse abrumados por la crisis en el país de origen pero es necesario ajustarse  a la vida cotidiana en el país de acogida. Así que se funciona en un sentimiento de un “como si” no ocurre nada, pues el entorno podría no comprender, o no estar interesado, de qué le sucede, por lo tanto, en muchos casos, se está consciente de la prudencia del comentario externo en los espacios de trabajo, en las conversaciones con los colegas o en el compartir con los compañeros de estudio.

El país de origen y sus familiares pueden vivir una crisis pero la vida y las responsabilidades  del “aquí” siguen su curso y simplemente no se pueden paralizar. Por otra parte y de forma paralela, algunos inmigrantes viven con  ansia las consecuencias de estar en la distancia. La distancia provoca un efecto particular, cuando la crisis del país de origen es aguda, el estrés del inmigrante se agudiza también provocando una tensión que termina con un sentido de agotamiento importante. En un primer momento, el inmigrante no está allá, no vive lo que ocurre desde la primera fuente, depende de medios de comunicación, del internet, del Facebook, del Twitter. La ansiedad provoca en ocasiones una sobresaturación, donde no se duerme y estar horas y horas buscando información, es una manera de tratar controlar una realidad difícil de digerir.

Es ir al trabajo y pensar que la familia de “allá” esté bien y que la familia de “aquí” siga con la rutina diaria. Es por ello que dosificar la exposición a los acontecimientos es importante. Es necesario organizarse para seguir funcionando en lo real cuando la incertidumbre toma el imaginario. Se crea un espacio paralelo de una realidad en la que se está presente, en partes. Por lo que el imaginario nos puede hacer pasar malas jugadas. Lo único real es que se vive en incertidumbre y este es uno de los elementos que más agota al ser humano, pues no hay  una resolución en lo inmediato del conflicto.

Desde la posición de testigos en la distancia, una fuerza de agotamiento puede emerger, por lo que dosificar las fuentes de angustias es central. En ocasiones, las crisis pueden ser agentes de estrés prolongado y crónico. En consecuencia, es importante escuchar el propio cuerpo y saber parar cuando el agotamiento es extremo.

No existen modelos específicos que garanticen sobrevivir al estrés. Sin embargo, los rasgos de personalidad son determinantes para enfrentar las situaciones. Si bien es cierto que no todo el mundo responde de la misma forma a momentos críticos, el hecho de tener consciencia de nuestros recursos y capacidades puede ser de gran ayuda, es decir, saberse resilientes será siempre beneficioso en estos casos, lo que significa que podemos ser capaces de enfrentar lo que ocurre sabiendo que se saldrá fortalecido de esta experiencia.

Finalmente, una recomendación central, solicitar ayuda cuando la crisis sobrepasa la capacidad de control. La única persona que puede reconocer cuando eso sucede, es quien la padece, por eso si se siente agobiado busque ayuda. En el territorio de la gran Montreal existen diversos centros de intervención en crisis a los que puede llamar y solicitar apoyo, los recursos existen, no dude en contactarles.

Esperando servir de guía, y con todos mis respetos.

Por cualquier duda o comentario pueden escribir a kaisorak@hotmail.com o llamar al 514-967-2510.

Kaisorak Madriz
kaisorak@hotmail.com

Siguió sus estudios en Venezuela y está acreditada en Quebec. Articulista y conferencista en el campo de escuela para padres, intervención en crisis e inmigración. Entre sus talleres más conocido...

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