martes, 6 de marzo de 2018

Un viaje de regreso (Segunda parte)

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Bandera-VenezuelaFoto vía Pixabay

Como lo dejé planteado en mi primera publicación quiero escribirles hoy de cómo fue la experiencia de ver por mí misma la situación de mi país de origen, Venezuela.

Para nadie es un secreto que, cuando estás fuera, cualquier noticia que recibes sobre tu país es importante. Particularmente en el caso Venezuela, donde el deterioro económico, político y social ha evolucionado vertiginosamente, el manejo de la información en muchos de los medios de comunicación nacional está sesgado, las redes sociales son las que propagan más rápido los últimos acontecimientos y es tanta información al mismo tiempo que ni los que siguen viviendo en el país muchas veces pueden estar al día con todo lo que pasa.

Particularmente el 2017 fue un periodo de crisis importante, la gente salió a la calle a protestar, la crisis arreció, mi país era noticia internacional y todos los días había una reseña en cada medio. Paralelo a eso la gente seguía emigrando en mayor número y estábamos, en cierta forma, en la mira del mundo. Pero, a pesar de todos esos acontecimientos, no hubo el cambio que esperábamos, se calló la calle y los problemas económicos y sociales se agudizaron.

Yo recibí muchos consejos sobre cómo tratar de equilibrar el vivir físicamente en un país pero con tu mente y corazón dividida en dos sitios a la vez. Cómo tratar de incorporarme en la sociedad donde estaba, manejar los idiomas, disfrutar del trayecto y a la vez estar pendiente de la situación de mi país de origen.

En lo particular, decidí asumir una actitud tipo la película “La Vida es Bella”, en los momentos de protesta llevé siempre mi pulsera tricolor, en ese momento incursioné en el yoga y no había meditación que no dedicara a mi país y mi familia; ni decir que oré como nunca en cada misa y aún lo hago, pero a la vez aquí era la primavera y luego verano, tenía un nuevo trabajo, me estaba yendo muy bien, pude salir a muchos sitios y disfrutar del clima más parecido al de nosotros.

Ustedes dirán: ¿qué tiene que ver la película en este contexto? Bueno, yo parecía al papá contando la historia de ficción al hijo que al final lo salvó. Mientras mi país estaba en un momento crítico, yo contaba a mi familia y amigos sobre el clima de Montreal, los sitios nuevos que conocí, los conciertos a los que asistí… Es decir, mi vida era una distracción para ellos en medio de la adversidad. Esa fue mi forma de darles fuerzas y de equilibrar estar con tu mente y corazón en dos sitios totalmente diferentes.

Ahora bien, en el camino de mi viaje, la ruta era muy larga; ya el solo hecho de viajar a Venezuela es un reto, pues hay muy pocas opciones de vuelos internacionales. En contraparte, utilicé las numerosas escalas para hacer encuentros con amigos especiales. Pude compartir sobre lo que cada quien está haciendo en cada parte del mundo y me sentí bendecida porque mi historia de inmigración, con sus bemoles y sin sabores, ha estado llena de oportunidades.
Ya en el aeropuerto, a la espera del último vuelo para finalmente llegar a mi país, el recuento de lo que iba en cada una de las maletas de los pasajeros de ese mismo vuelo era impresionante: medicinas, cosméticos, comida. Sentía que yo llevaba muy pocas cosas y al compartir las experiencias hubo alguien que me dijo: no verás el mismo país, solo concéntrate en el encuentro físico con tus seres queridos.

Yo sentía mucha expectativa, la emoción se incrementaba, ya pronto me encontraría finalmente con mi gente. Estaba muy estresada al llegar a Maiquetía, tenía el consejo de ponerme pilas y dejar el “canadiense” atrás… Gracias a Dios todo salió bien.

Mi mayor impresión fue escuchar el español que conozco. Era obvio, pero luego de dos años de estar entre múltiples idiomas y que tu idioma sea algo como para “pedir cerveza” o una mezcla de acentos y significados en medio del Francés de Quebec, y el inglés, el escuchar las expresiones propias de mi país me hicieron sentirme en casa de inmediato.

Ver a mis hermanos, delgados pero contentos, fue un gran impacto. Ya lo veía en las fotos y más aún que mi familia había sido siempre muy normal en relación al peso promedio, donde a más de uno le decíamos “Gordo” o “Gorda” de cariño. Pude constatar dos extremos, o estaban muy delgados o con sobrepeso, sinónimo de mala alimentación, caras ajadas, ropa desgastada; había una especie de “aquí falta algo” en el ambiente y no percibía en la gente aquello que nos caracterizaba: el venezolano “chévere” no estaba presente.

Ya en la vía hacia el interior del país, y aún más en mi ciudad, pude percibir la falta de iluminación en las principales carreteras y autopistas, mi ciudad lucía descuidada. Recuerdo una amiga que me dijo: sí, pero al menos ahora podemos transitar en paz, cuando las protestas no se podía.

No llegué a ver la gente buscando comida en la basura como tanto se oye, pero los relatos de que familias enteras lo hacían me impactó, ver a la gente entrando y saliendo de los supermercados sin nada que comprar generó una impresión muy fuerte; a la vez visité sitios para comer donde parecía que no estuviera pasando nada: es decir, la comida ofrecida en el menú estaba, pero los precios no estaban publicados porque cada día había un precio nuevo y cada vez más inaccesible.

Por otro lado, una característica presente en cada conversación era sobre cómo estaban las cosas, lo cual es obvio, cuando estás en crisis de eso hablas; es así como el alto costo de la vida, emigrar y cómo es aún más difícil la situación para la población de menos recursos eran temas recurrentes en cada encuentro.

VER MÁS – Un Viaje de Regreso (Primera parte)

Los venezolanos que lean esto dirán que al ver las noticias y hablar con la familia podemos tener la misma impresión. Es verdad, pero vivirla en persona es diferente; vivir dos semanas de esta realidad, cuando vienes de un país donde puedes vivir como se debe, hace que tu visión de las cosas sea diferente, en compensación a toda esa “locura”, dijera una tía. El reencuentro físico fue invaluable.

Comer mandarinas y no uvas el 31 de diciembre, pero abrazar a mi mamá, usar muy pocas veces la ducha para bañarme, pero estar días enteros acompañada de mi gente, que mi sobrina menor gritara mi nombre y jugara conmigo en medio de días sin electricidad o sin agua, reuniones con amigos a la luz de la luna, era un contraste de cosas donde lo importante fue el encuentro, los abrazos, las sonrisas y también las lágrimas.

Muy importante también fue el tratar de entender cómo lo hacían; cómo llevaban el día a día. Así me voy adentrando a mi segunda expectativa: si yo, con mi experiencia de mi vida canadiense ya organizada, podía dejarles esperanza e ideas para seguir adelante.

Y les digo, fue todo lo contrario; a pesar de la crisis, de los problemas y de que la gente en general no es tan “chévere”, la mayoría sigue viviendo y luchando. Hay muchas teorías y filosofías de vida que profesionales en la materia están divulgando para generar fortaleza en la población e intentar que los niveles de autoestima mejoren de alguna manera. Se ha incrementado la solidaridad y el valor por las cosas que tienes; asociaciones repartiendo comida y ropa en la calle, médicos privados donando medicamentos en las consultas, redescubrir recetas de las abuelitas para tratar de comer balanceado o reemplazar lo que usualmente consumías; son algunos de los detalles que a mí me dieron esperanza.

¿Hasta cuándo resistiremos? ¿Habrá otro punto de explosión social? ¿Se generará un cambio radical de la estructura de Gobierno, una solución mesiánica? ¿Intervención Internacional?  Al terminar estas líneas aún no lo sé.

Solo sé que sí es importante mantener el yo interno fortalecido y una de las opciones, según me lo explicaba una gran amiga profesora universitaria, es ser “antifrágiles”, como el bambú, y no robustos como el roble (basado en el libro Antifragile, de Nassim Nicholas Taleb).

El bambú acepta el desorden de sus estresores ambientales, como por ejemplo el viento y va adaptándose y se mueve de acuerdo a él, sin romperse.

El roble es tan robusto que ante sus estresores ambientales puede ceder y se rompe. Por otro lado, esta anti fragilidad que no es más que la interacción e intercambios de información ante los estresores de un sistema, nos lleva a aprender de los errores, innovar y generar factores de cambio, ¿Cómo llegar a aplicar esta y/o otras teorías en una situación de crisis y donde la carencia de las necesidades básicas no permiten mirar más allá? De eso seguiré escribiendo en mis próximas entregas.


Las opiniones expresadas en los artículos en Blogs NM son enteramente la responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente la opinión de NM Noticias.

Belkys Lozada
belkyslo@hotmail.com

Venezolana, nacida en Valencia y guayanesa de corazón por su infancia transcurrida en Ciudad Bolívar. Inmigrante por voluntad propia, de profesión lic. en Administración, continúa trabajando en s...

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