jueves, 27 de septiembre de 2018

Conquistando batallas

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Conquistando horizontes
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Foto: Captura de pantalla / YouTube

Tomar la decisión de partir de la tierra que te vio nacer no es fácil. Implica una renuncia, un cierre, un colocarse en un proyecto que puede aspirar a la obtención de logros o mantener esperanzas. La migración, ¿por qué partir?: no es sencillo responder a esa pregunta, lo cierto es que migramos desde que la humanidad existe. En los últimos años, lo que ha marcado la decisión de partir a otros destinos han sido factores como la pobreza, la violencia política, la seguridad, la guerra, las oportunidades de trabajo, el ideal de un futuro mejor, las catástrofes naturales, etc.  Las razones pueden ser múltiples y muy diversas, pero la decisión de migrar es en definitiva una decisión muy personal. Podríamos cuestionarnos qué razones son más validas que otras, pero no existe un juicio para ello, responde a una decisión a la que cada ser humano tiene derecho. He visto, escuchado, muchas versiones, desde los peligros de vida más impactantes hasta las razones más idealistas que una persona puede tener y todas son válidas, pues responden a una decisión a la cual un ser humano tiene derecho. Es entonces, una toma de decisión, con todas sus vertientes.

El hombre se enfrenta al cambio, transformando su vida a través de un proceso que estará pleno de retos y emociones diversas para reconstruirse en una tierra nueva que él adoptará y en la cual, a veces, será adoptado. 

El estrés comienza mucho antes que la persona pise tierras nuevas, se inicia desde que la idea llega a la cabeza de esta persona, desde el momento en que está claro que partir es una opción. En esta decisión, a veces, hay dos factores importantes a considerar. En primer lugar, la migración como el inicio del viaje de un héroe, en donde aún no se está consciente de los diversos retos a afrontar y en segundo lugar, las razones principales que motivan esta búsqueda de la conquista.

Para ello me gustaría evaluáramos lo que he llamado Las armaduras de los inmigrantes, inspirado en una caricatura de nuestro artista latinoamericano Quino. En su producción, se muestran dos caballeros medievales, el primero bien fornido, con una armadura impecable, alto, equipado con una fuerte lanza, su escudo posee la imagen de un dragón imponente. El segundo, es un caballero más pequeño, con algo de sobrepeso, su armadura no se ve tan lustrosa, y su escudo posee una imagen… es la imagen de su motivo de lucha, de lo que lo hace transformarse en un guerrero,  su imagen es su familia feudal…esta imagen nos permite analizar que no para todas las personas el sentido de lucha y conquista tiene los mismos motivadores. Para algunos, migrar es una conquista de logro y aspiración personal. Para otros, la conquista implica sacar adelante a terceros, sean estos hijos, parejas o familia y reinventarse, en ocasiones,  a costa del propio sacrificio de renunciar a estatus, profesiones y entonces recomenzar desde cero. En ambos casos, se coloca la armadura que se tiene para afrontar este viaje. Es un viaje pleno de ilusiones pero que a su vez estará pleno de batallas a conquistar.

Algunos especialistas se han dedicado al estudio de qué ocurre en el proceso migratorio y lo cierto es que el estrés del inmigrante es un elemento central. Cuenta la mitología griega que el Rey Ulises salió de su pequeña isla Ítaca para conquistar aventuras y nuevas tierras. Sin embargo, su viaje fue intenso y debió superar retos para sobrevivir y tener logros. Podríamos denominar esta experiencia como el viaje del héroe. Es un viaje desde el que se crece y se reafirma. Es también un proceso de viaje interno, de crecimiento personal, de vivencias. Una línea de investigación en España dirigida por el Dr. Joseba Achtegui, ha denominado a este proceso ‘El síndrome de Ulises’ o mejor conocido como el estrés del inmigrante. En los diversos trabajos hasta ahora realizados indican que en general, la ansiedad, la depresión y el duelo son sentimientos muy frecuentes en este proceso.

Una historia, de esas que uno se inventa… digamos que Carolina tiene 42 años, y hace dos, finalmente, logró irse al extranjero. Así que agarró sus dos muchachitos, y en ocho maletas colocaron su vida entera. Después de 12 horas de viaje, nadie los buscó en el aeropuerto, así que a -22 grados centígrados tomaron dos taxis para cargar la vida plena de recuerdos, en un país que para ellos, estaba lleno de esperanzas. Por supuesto, los taxistas cobraron el doble y lanzaron las maletas sobre la nieve. Carolina abrazaba a los niños, nunca en su vida habían sentido un frío parecido. Carlos, su marido, estaba furioso. Los cursos de francés no le fueron muy útiles para sobrevivir su primer combate. Días después llegaron algunos amigos y empezaron a quedar muy claras ciertas previsiones. Carlos planeaba que con el inglés y el francés que tenía podría obtener un trabajo rápidamente, pero la historia fue otra. Pasaron varios procesos de integración antes del primer empleo, pequeños combates pudiéramos decir, la novedad pasó, las calles ya no se veían igual y la comida era sin sabor… la frustración apareció y, con ella, el duelo. Dejaron de llamar a sus familiares por eso de, no entrar en detalles, y poco a poco se alejaron de los amigos por eso de estar cansados de decir, no vale, ¡todo está súper bien!. Se cuestionaron una y otra vez si la decisión fue la correcta. Carolina no podía aprender el idioma con la misma facilidad de aprendizaje como cuando estaba en la universidad, en donde siempre fue una estudiante ejemplar. Al menos los niños se integraban de lo mejor. Recordaron cual fue el motivo de su lucha…y continuaron. Dos años más tarde las cosas estaban mejor, jamás como cuando vivían en su país natal, pero tenían claro que su meta la lograrían y estos retos algún día terminarían, para encontrar otros que los hicieran sentir que habían logrado llegar más allá. Después de cinco años, la vida les daba frutos, los niños era ya unos hombrecitos y el frío no pegaba tanto. Todos se habían crecido de la experiencia, la percepción de las cosas era otra, la tolerancia y la aceptación también… tenían nuevos planes, más realistas, con los que se sentían felices y aprendieron a vivir un día a la vez

¿Que ser inmigrante es fácil?, sin duda no lo es, implica un camino a recorrer con subidas y empinadas que se deben aprender a sobrellevar. Muchos factores influyen, variables como la edad, el estado civil y el nivel de instrucción, afectan la adaptación e influyen cómo asumir el proceso migratorio y cómo el impacto del estrés del inmigrante será vivido. Por ejemplo, no es lo mismo aprender otro idioma entre los 20 y 30 años que entre los 40 y 50; no es lo mismo hacer el proceso migratorio en familia que desde la soltería; no es lo mismo migrar con doctorados que estudiar en el país de acogida. Los niveles de integración cambian, las renuncias son diferentes y las frustraciones normales del proceso de ajuste pueden manejarse de maneras diversas. Representa un duelo, algo a lo que se ha de renunciar y un recomenzar. Es sin duda, una reconstrucción de vida. Un crecer de nuevo, aprendiendo a hablar un nuevo idioma, viendo cómo son las costumbres en tierras nuevas, comprendiendo la cultura y sus valores, adaptándose a nuevas comidas y sabores, ajustándose a nuevos paisajes y adaptando el cuerpo a un nuevo clima. Cada momento es como una pequeña batalla en donde somos los únicos responsables de hasta dónde y cómo llegar. Así como en la adolescencia se vive una crisis del adolescente por los diversos cambios que representa, en la vivencia de ser inmigrante, también se presentan pequeñas crisis por el proceso de cambio que implica. Podríamos decir que, cada crisis es como una batalla y lo cierto es que crecemos de esta experiencia que es y será de fortalecimiento, de hacerse resilientes, guerreros del proceso migratorio, aprendiendo cada día algo nuevo y superándonos desde cada reto. Somos, pues, guerreros de batallas en nuevas tierras y creceremos de este viaje, en donde lo importante es comprender que no es una carrera de velocidad sino de resistencia.

No olvidemos cuál es nuestra armadura y el tema de nuestro escudo y si alguna vez decae, no olvide contactar especialistas que le puedan ayudar.

Por cualquier duda o comentario pueden escribir a kaisorak@hotmail.com o llamar al 514-967-2510.

Con inmenso respeto por usted.

Kaisorak Madriz
kaisorak@hotmail.com

Siguió sus estudios en Venezuela y está acreditada en Quebec. Articulista y conferencista en el campo de escuela para padres, intervención en crisis e inmigración. Entre sus talleres más conocido...

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