domingo, 30 de septiembre de 2018

Diario de un inmigrante: El robo

Publicado en:
Crónicas de Inmigrantes
Por:
Temas:
Foto: Flickr / KMR Photography (CC)

Compartiré historias de migrantes como yo. Las he escuchado en el metro, en el bus, en clases, en los insólitos empleos que jamás pensé hacer. Serán relatos cortos sobre esfuerzos, incertidumbres y nostalgias. Algunos parecerán cuentos, pero la realidad supera cualquier ficción. En muchos casos cambiaré los nombres de los protagonistas salvaguardando su identidad: ellos me confiaron sus historias, pero quizá otros, leyéndolas, se sientan más acompañados en esta tierra de lejanías y sueños. Los migrantes anónimos tenemos tanto qué contar. Soy periodista y llegué a Canadá en abril de 2014: se disipaba el invierno; asomaba la primavera. 

La muerte de mi compadre Lucho me recordó lo que pasó en la fábrica hace quince años. Ahí conocí a mi compadre. Era una fábrica de pantalones acá en Laval. Trabajábamos en el área de producción. Cuando nos conocimos, mi compadre llevaba ya como cinco años de ilegal. Se había venido como turista y luego quiso aplicar como refugiado porque pensaba que con el tiempo le darían la residencia y así podría traer a su esposa y a sus hijas. Pero a mi compadre Lucho se la negaron siempre, por eso andaba deprimido. Y así se la pasó los veinte años que estuvo acá de ilegal trabajando como burro en fábricas, en limpieza, en el camal, de todo hacía mi compadre porque tenía que enviar mucha plata a su familia. Debe ser jodido hacer trabajo cash tantos años.

Cuando llegué a la fábrica mi compadre ya llevaba tiempo ahí. Como somos paisanos nos hicimos amigos de una. Salíamos a tomar cerveza, íbamos a los nightclubs, a jugar fútbol, todo hacíamos. Para arriba y para abajo andaba con mi compadre. Pareja parecíamos.

La chamba en la fábrica era dura. De ocho a diez horas de pie, a nueve dólares la hora. Pura explotación. Casi todos los que trabajaban ahí en la fábrica eran ilegales o refugiados. Yo no. Así que la gente paraba con miedo de que los echaran o los acusaran con migraciones.

El hombre que nos contrataba era un italiano amargado. Él reclutaba a la gente para los dueños de la fábrica. Me acuerdo que era colorado, cincuentón, una panza de elefante, así de gordo era, y casi siempre olía a trago. Todos los viernes nos debía pagar la semana, y justo ese día tomaba trago, y a la hora del pago nos llamaba, uno por uno, y nos robaba horas de trabajo, nos decía que habíamos chambeado menos, y nos gritoneaba, y nos decía que si no fuera por él no tendríamos nada, y si no nos gustaba la cosa entonces que ahí estaba la puerta pa la calle, y que no le reclamáramos mucho porque nos mandaba a la migra. Había viernes que no venía y no nos pagaba. Malo era ese malnacido. Ya estará en el infierno, bien al fondo. Algunos no volvían más, otros seguían trabajando por necesidad como mi compadre. 

Uno de esos viernes el italiano llegó un poco borracho. No nos había pagado como dos semanas. Entró al comedor y sacó de su abrigo el fajo de dólares y nos mostró gritando: “acá está la plata”. La gente lo miraba con odio. El italiano se metió a la oficina de uno de los dueños de la fábrica. Estuvo buen rato adentro. Cuando salió comenzó a gritar: “¡ladro, ladro, me han robado, dónde está la plata, vaffanculo, vaffanculo!“. Estaba histérico. Nos fuimos amontonando a su alrededor mientras gritaba “nadie se va hasta que aparezca la plata”, iba a llamar a la policía, a migraciones, iba a rebuscarnos a todos. El italiano había dejado su abrigo colgado en una percha del comedor, cerca de los casilleros. Dijo que olvidó el fajo adentro. Dime tú, ¿a quién se le ocurre dejar la plata adentro del abrigo? Había que ser muy imbécil o estar muy borracho. Y encima, en el lugar donde dejó el abrigo, la gente pasaba a cada rato, cualquiera podía haber sido. El italiano estaba rojo, rojo como un tomate, parecía que le iba a dar un infarto, y a cada rato regresaba por los sitios de la fábrica donde había estado para ver si la encontraba, pero la plata no había. Nos rebuscó a todos y nada. Como dos horas buscamos y nada; y la fábrica no tenía cámaras para saber quién se la había robado. No podía ir a la policía. ¿Qué le iba a decir?: “los ilegales que contrato me han robado”. Estaba jodido. El italiano se fue puteándonos, ¡vaffanculo, vaffanculo!, nos gritaba, y no nos pagó esas dos semanas ni las dos siguientes. La mayoría se consiguió otro trabajo. Yo también.

Pasaron como cinco años más o menos, pasó buen tiempo, y un día tomándome unas cervezas con mi compadre Lucho recordamos lo del robo. Ya mi compadre andaba bien metido en su iglesia porque quería ser pastor. Decía que Dios lo ayudaba a sobrellevar la pena de estar solo en este país. Pero con Dios y todo mi compadre no dejaba el trago. Ya estábamos bien avanzados y, acordándonos del asunto, mi compadre me preguntó mirándome de reojo: “¿quién diablos habrá sido, no?”

Los años habían pasado. Sequé mi vaso y canté.

El italiano había dejado su abrigo en la percha y del bolsillo se veía el fajo de dólares, pero no sabes qué grueso era ese fajo. ¡Cómo me tentaba! En ese momento yo lo miré a mi compadre Lucho, le levanté las cejas y él me leyó el pensamiento y me respondió de una todo asustado: no, no, no, moviendo la cabeza el muy marica. Se puso nervioso. Me abrió los ojos como un búho. Poco más y se santiguaba. El italiano se metió a la oficina. Entonces esperé a que mi compadre Lucho y los demás volvieran a sus puestos. Habrían pasado como diez minutos y volví al comedor como si se me hubiera olvidado algo. Pasé pegadito al abrigo del gordo y jalé el fajo con mis deditos, suavecito salió el fajo, mis dedos parecían pinzas y me lo metí a mi abrigo. Era otoño me acuerdo porque corría viento. Me fui entonces hasta uno de los patios de atrás donde la gente descansaba. Ese patio daba a la calle. No había nadie. Al lado había un desmonte donde ponían toda la chatarra, todo lo que no servía de la fábrica. Había una mesa de ladrillos, los ladrillos puestos así nomás, uno encima del otro, como si fueran las patas de la mesa y encima un tablón sucio. Ahí comíamos a veces, en el verano, en esa mesa vieja. Me agaché un poco, levanté uno de los ladrillos, metí el fajo y regresé tranquilo. Luego salió el italiano y comenzaron sus gritos.

– ¡Y por qué nunca me lo contaste, compadre, hubiéramos ido fifty-fifty!

¿Qué por qué no le conté?, ¿y encima quería que le diera la mitad? Sí, mucho le iba a dar. Ni que fuera huevón. Después de la cara de susto que me puso el marica cuando lo miré, mucho que le iba a contar. Estas cosas se hacen solo o no se hacen.

Dejé que pasara una semana y fui por la noche a la fábrica. Llegué al desmonte, me acerqué hasta la mesa, levanté el ladrillo y ahí estaba mi amor. Ven conmigo mi vida, le dije. Y esa misma noche, aquí, en este estacionamiento, conté los billetes. Con los diez mil dólares me fui dos meses a mi país. La pasé rico, viejo.

Ladrón que roba a ladrón… Nadie sabe para quién trabaja… Será el sereno pero hace una semana me enteré de la muerte de mi compadre Lucho. Eso me recordó lo que pasó. Paraba muy presionado mi compadre. Tenía que enviarle mucha plata a su mamá, a sus hijas. Sus hijas le exigían, pues. De la esposa sí se divorció hace tiempo. Estaba deprimido, mi compadre, veinte años acá y nunca pudo volver. Vivía solo acá, nunca le conocí pareja. No quería… Se inyectó aire en la vena y pum, un infarto. Había sido enfermero antes de venir a Canadá. Él sabía lo que hacía. Pero antes de pincharse dejó una carta con instrucciones para un amigo. Le dejó plata pidiéndole que pagara todas sus deudas y que les enviara una parte a su mamá y a sus hijas. Todo estaba escrito en una lista. Ya la tenía bien pensada, mi compadre. Todo estaba anotado. Eso fue lo que me contaron en el velorio. Pero a mi compadre yo le había prestado 500 dólares y eso no lo anotó, y eso me extrañó mucho de mi compadre porque él era bien cumplido, y yo digo: ¿se habrá olvidado? A mi compadre le echaron tierra y yo le eché tierra a mi plata.

Carlos Bracamonte
cebracamonte@gmail.com

Carlos Bracamonte: periodista peruano afincado en Montreal. Autodidacto. Amador de su familia, de la música afro latino caribeña, del cine clásico. Analista deportivo (futbolista gris). Sigue la fr...

Artículos relacionados

thumbnail
hover

Este fin de semana es el...

El Festival Vegano de Montreal se celebra este fin de semana en el Palais de Congrès. La entrada es completamente gratuita.

thumbnail
hover

La venta de marihuana en Quebec...

Las ventas de marihuana en Quebec han sido considerablemente superiores a lo esperado.

thumbnail
hover

Conquistando horizontes: relatos de inmigrantes

Hola, me he colocado como objetivo compartir con ustedes, algunas reflexiones y análisis que el proceso migratorio ha dejado en mi propia e...