lunes, 14 de octubre de 2019

¿Dictador (cito) o Dictador (zote)?

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Entre Fronteras
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Martin-VizcarraMartín Vizcarra - Ilustración: Víctor Hugo Ortiz

Palabras al fin.

Podría ensayar otros vocablos, si acaso existieran, como: «dictadorcillo», que puede inspirar nimiedad o más bien bajeza; o «dictadorcete», o «dictadorzuelo», éste último el más usado y que puede referirse a quien hace gala de su maldad y vileza. Pero con solo llamarlo dictador al dictador, ya es mucho decir.

A lo largo de estos últimos días, he venido preguntándome: en qué lugar de esta sopa de vocablos, podría encontrarse el «hombre», el que viene ocupado de casualidad la presidencia de Perú. A este hombre, producto del azar, se le había asignado la tarea patriótica de terminar un mandato presidencial, el que fue interrumpido por la renuncia de su titular (Pedro Pablo Kuczynski). Sin embargo, «el hombre», tan tranquilazo que parecía, de pronto a un año y medio de haberse sentado en la silla del poder, sorprendió a todo el mundo, clausurando al Congreso, de un solo sopetón.

Esto, no se veía en el Perú desde los tiempos de Alberto Fujimori, quien el 5 de abril de 1992 cerró el Congreso e intervino el Poder Judicial, hecho que ha quedado en la Historia como un golpe de Estado, y Fujimori como un dictador. Hoy Fujimori, como sabemos, a pesar del indulto que le otorgó precisamente Kuczynski, fue devuelto a la cárcel, de donde con mucha suerte saldrá en el 2034, a los 96 años.

Los preámbulos de los hechos, fueron así: En las elecciones generales del 2016, el pueblo peruano, que nunca se equivoca, puso en la presidencia a Pedro Pablo Kuczynski. Éste que quizá no debió ser escogido, porque no se le veía sólido, extrañamente en la segunda vuelta fue ayudado por una izquierda bastante radical, la que a última hora puso el dedo en la balanza, inclinándola a favor de Kuczynski), por apenas 0.24 %, de diferencia, respecto de su contendora Keiko Fujimori.

Para el Parlamento, que también se eligió en esas elecciones del 2016, el pueblo peruano, que nunca se equivoca, optó por el contrario darle mayoría al partido de Keiko, con el 36.34 % de los escaños, y a la agrupación de Kuczynski, solamente el 16.46 %. Era previsible desde el comienzo que la oposición del Legislativo hacia el Ejecutivo, iba ser muy fuerte. Así es la democracia.

No habiendo todavía llegado al segundo año del gobierno de Kuczynski, se descubrió la existencia de ciertos lazos de Kuczynski con la demoledora Odebrecht. Al principio el presidente recurrió al viejo truco de negarlo todo, a ver si se olvidaba el asunto, pero ni él mismo pudo aguantar sus perjurios, y renunció. Eso fue el 21 de marzo del 2018.

Después de los correteos de los primeros momentos tras la renuncia del presidente, vino la pregunta: ¿y a quién ponemos ahora?, y se cayó en la cuenta que había que recurrir a los vicepresidentes, ya que para eso estaban. Le correspondía primero al «hombre», porque era el primer vicepresidente, el segundo, era una mujer.

Ya no había que pensarlo más, había que llamar al «hombre». Pero, ¿dónde está? Estaba bien arriba, por las altiplanicies canadienses, ocupándose como embajador. «El hombre», venido del azar, arribó a la presidencia de Perú, en marzo del 2018; y ¿qué hizo desde entonces?: básicamente pelearse con el Congreso, aunque sus seguidores dirían que era lo contrario, que éste se peleaba con él, y que, desde luego, le obstruía gobernar. Típico de aquellos que nunca pueden hacer nada, si no tienen todo el control en sus manos.

El Parlamento, controlado básicamente por fujimoristas y apristas, le venía en efecto haciendo la vida a cuadritos, tanto a Kuczynski, en su momento, como a su reemplazante, porque el  Ejecutivo y el Legislativo eran como el agua y el aceite, no se mezclaban.

Se debe reconocer que en el Parlamento había gente tan honorable, como desvergonzada, y tal vez fue muy bellaco en taparle todas las iniciativas al Ejecutivo. Pero ese poder lo tenía, y le correspondía al Ejecutivo buscar todos los medios para un entendimiento. ¿Hizo lo suficiente «el hombre»? Creo que no. Por el contrario el «hombre» hurgó las hendijas de la ley, que siempre las tendrá, y se fue por los atajos de los caminos verdes, para dar por terminado el asunto, y convocar a nuevas elecciones legislativas (no presidenciales) para el próximo 26 de enero del 2020.

¿En qué estaba pensando este hombre cuando tomo la decisión de cerrar al Congreso? Más aún, ¿en que estará pensando ahora el reemplazante? Mínimo, creo yo, desea contar con un Parlamento más dócil, o incondicional; ¿pero piensa en algo más? ¿Acaso optará por llevar al país por los senderos oscuros del autoritarismo? ¿Acaso hay posibilidades de una «venezolanización» del proceso peruano, ahora que el país está vulnerable, lo cual es el caldo de cultivo inicial para el arribo de proyectos extremos? ¿Acaso es casualidad, la presencia activa de la siempre oportunista izquierda, que es la que le está haciendo la cama «al hombre», y calienta las calles con resultados fantásticos: más de un 80 % del pueblo apoya al cierre del Parlamento, según dicen?

Quizá la gente no teme que pudiera haber un desvío dictatorial; quizá la gente no sabe dónde está parada y apoya en automático; o quizá la gente le gusta la acción dura, que lo manden, y aquí habría que revisar las ciencias sociales. Sin llegar a una respuesta concreta, de pronto me sorprendo con una socarrona sonrisa, porque, «tate», me vino el recuerdo de un viejo dicho muy peruano, que se llama «Amor serrano», es decir: «más me pegas, más te quiero».

Víctor Hugo Ortiz
victor@noticiasmontreal.com

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú ...

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