lunes, 11 de noviembre de 2019

Simon Jolin-Barrette impertérrito

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Entre Fronteras
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Foto: Captura de pantalla / Global News

A no dudar. El ministro de Inmigración de la provincia de Quebec (Simon Jolin-Barrette) debe ser en estos momentos el más impopular entre los inmigrantes.

El ministro ha dejado en ellos su huella, que no es precisamente amabilidad.

Jolin-Barrette, miembro del equipo Legault, tiene sobre sus hombros la responsabilidad de llevar adelante una reformaen temas tan candentes como inmigración, laicismo, lengua francesa e integración; y además es el líder parlamentario del gobierno en  la Asamblea Nacional, de la cual forma parte como diputado de la circunscripción de Borduas (Montérégie) de donde es originario. ¡Menudo trabajo!, ¿verdad?

Es explicable, por tanto, semejarlo a un Superman, por sus superpoderes, y por lo acorazado que luce. Su fisonomía es uniforme, y sus gestos enérgicos son uniformes. Cuando ríe, que no es a cada rato, su risa puede ser gélida. Pero no es en su risa, sino en su sonrisa, donde podría estar la clave de su esencia, y de hecho ella es su marca de comercio. Cuando quiere ser irónico, por ejemplo, le basta recurrir a su sonrisa de ironía, y todos quedamos convencidos de lo irónico que puede ser el ministro. Cuando parece estar enfadado su sonrisa puede ser amplia, pero en realidad es una mueca, y puede acompañarse de unos párpados palpitantes y unos ojos vidriosos. Cuando es testarudo, que a menudo lo es, su sonrisa parece tornarse hacia terrenos que quizá no logre traspasar, pero que los merodea con inquietud, que son los de la displicencia y la arrogancia.

Jolin-Barrette es un joven político muy hábil, de respuestas rápidas y lenguaje claro. Por lo general responde a todo el mundo que le pregunta. Pero sus respuestas pueden ser las mismas, una y otra vez, hasta el cansancio.

Jolín-Barrette, no por ser Superman, está exento de meter la pata. Lo ha hecho muchas veces. Citemos un par.

Un día del febrero pasado, se levantó en efecto con el pie izquierdo (o el derecho si lo prefieren), y sin razón aparente eliminó de un plumazo 18 000 expedientes de inmigrantes, debidamente llenados, y que reposaban dentro de las oficinas estatales en vías del certificado de selección a la provincia. Fue inflexible hasta la pared de enfrente en su decisión, y no hizo caso de ninguna crítica, a excepción de un Tribunal de Justicia que lo conminó a reconsiderar la medida. A regañadientes aceptó en parte la disposición, permitiendo que aquellos demandantes que ya estuvieran en el territorio, pudieran seguir adelante con su proceso; pero el resto de los expedientes: a la basura con ellos.

Más recientemente, el martes 5 pasado, el impertérrito ministro se levantó con la idea de poner en obra otra promesa electoral, y puso al mundo al revés. Su blanco fue el Programa de experiencia quebequense (PEQ), que se refiere a los estudiantes extranjeros que cursan estudios en distintas universidades e institutos de Quebec. La mayoría de ellos, con la esperanza que después de un tiempo de estar estudiando puedan aplicar a la residencia permanente o a un previo permiso de trabajo.

El modelo ha venido funcionando muy bien y, además, hasta ese punto sin ningún costo para Quebec. Pero algo pasó por la cabeza del impertérrito y lo mandó eliminar. En vista que el asunto rayaba en dictadura, una ola de protesta se levantó por todos lados: los partidos políticos de oposición, los medios de comunicación y los estudiantes de ese programa que con lágrimas en los ojos le suplicaban al ministro que volviera atrás en su decisión. El ministro no cedió y cerró porfiado la jornada de ese día.

El miércoles, sin embargo, el impertérrito ministro se levantó iluminado, e informó que retrocedía sobre su decisión de los PEQ; y, al momento de redactar este artículo, el mismo Primer Ministro informaba que van a dejar congelado el tema de las PEQ.

———

Me temo, que todas estas marchas y contramarchas por parte del gobierno de Legault reflejan improvisaciones y falta de claridad sobre el tema migratorio. Se debe entender que no es un asunto en una sola dirección. Es de conveniencia recíproca, entre Quebec y el inmigrante. Quebec, como todo Canadá, necesitan de la inmigración a niveles incluso mucho mayores de lo que actualmente está recibiendo. La población canadiense está envejeciendo. Alguien tiene que tomar el relevo. Pero también puede ser un error pensar que la inmigración va a salvar la lengua francesa o que pueda tomar posiciones soberanistas, porque no es a lo que ha venido aquí, o vendrá. El inmigrante va hablar el francés, desde luego, pero va hablar también su propia lengua, y el inglés, porque no se puede ir en sentido contrario a las agujas del progreso y la universalización.

La experiencia me dice que tratándose de grupos humanos, de culturas, etc. hay que tener extremada prudencia en las políticas. Cualquier gesto que se perciba como atropello, éste se instala y se esconde por algún lado de la humanidad y en el recuerdo de la gente.

De otra parte, las reformas pueden no ser necesarias. Veamos a Francia. En estos momentos el actual gobierno está introduciendo también nuevas normas a la inmigración. Y como dice Le Monde: en Francia desde 1945, cada dos años en promedio se han introducido reformas hasta llegar a la fecha a 100. A pesar de eso, digo yo, ¿es Francia un modelo de integración?

Víctor Hugo Ortiz
victor@noticiasmontreal.com

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú ...

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