martes, 31 de marzo de 2020

Yo soy el lanzador más lento del mundo

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Foto: Amit Gupta / Unsplash

Colaboración especial de Jesús Gambus para NM Noticias

De niño, como casi todos los muchachos del vecindario, me gustaba el béisbol. Jugar en una calle ciega cercana a mi casa era la más importante de las actividades de entonces. Se reveló muy tempranamente que yo no tenía las habilidades de un grandeliga, ni en la ofensiva ni en la defensa, y la peor decisión que pudiese tomar en mi vida sería pretender convertirme en un lanzador.

Solo en casos extremos, que casi nunca ocurrían, mis desesperados compañeros de equipo solicitaban mis servicios de picheo, a sabiendas que les esperaría un partido aburrido, en el que yo desplegaría mi arsenal de lanzamientos, condensados en mis tres velocidades: lento, más lento y lentísimo.

Hoy, en nuestro encierro de cuarentena, en un día que no se si es el quinto, el sexto o el séptimo, vienen a mi memoria aquellos encuentros que por lo general terminaban en enemistades, reclamos, una que otra pelea y una prohibición de ver televisión por una semana.

Hoy, a unos cuantos años de aquello creo que finalmente mis compañeros de divisa se sentirían honrados del prodigioso empleo de mis tres velocidades características desde casa. Y es que la vida en slow motion está de moda, se nos ha congelado, se ve cuadro a cuadro, perdió su fuelle, tanto, que si saliera a correr hoy en sentido contrario a la rotación de la Tierra ganaría un día, sin ser Superman ni experto en física cuántica.

En estas cuatro paredes que son ahora más que nunca cuatro (el equivalente a mi estadio de béisbol de adolescente) el despertador dejó de ser un dictador para convertirse en un alto pana. Ya no nos sobresalta a las seis o a las siete de la madrugada para sacarnos de la cama. Su esfera de Dalí se alarga, se estira, se desparrama, y en complicidad con el barco de nuestros sueños nos suelta las amarras.

Y no es que la holgazanería se haya inspirado en lo que sería el lanzamiento más lento de mis destrezas juveniles de mi brazo derecho. Este paro forzado me ha revelado que hay tantas cosas que hacer en estos confines, además de las que suelen fatigar a las amas de casa.

Otros relojes de mesitas de noche marcan nuestro día a día. Por ejemplo, detallando la luminosidad el cielo de Ahuntsic desde mi ventana, puedo hacer un cálculo bien aproximado de lo que una vez llamamos la hora oficial y darle apertura sin urgencias a la jornada. Así, el desayuno ha recibido toda la atención que le negamos en tantos años de prisa. Las circunstancias de los últimos días nos han brindado conversaciones, análisis, evocaciones, unas quizás demasiado profundas para sustituir a la mantequilla en el pan, otras, encantadoras y seductoras para endulzar el café, como si le echaras terroncitos.

La segunda reflexión, equivalente al lanzamiento más lento de mis habilidades de adolescente va un poco más alla. Es el curioso disfrute de un mundo ralentizado. Un mundo donde no importa si llegas tarde, que funciona como… «No hay que llegar primero sino hay que saber llegar», a la manera de José Alfredo Jiménez.

Y viéndolo con más detalles, a golpe de lo que pudiese ser las seis de la tarde en mi apuesta por adivinar en el cielo la hora oficial de esta rara primavera pienso: Nos viene bien eso del paso de tortuga. Nos conviene. Es vital. Nos hace ser parte de una especie de sindicato de arquitectos de Gaudí que sin pausa, pero sin prisa construye desde hace unas semanas, para terminar quién sabe cuándo, la nueva Catedral de La Sagrada Familia. «El que venga de atrás que arree», diría mi mamá.

El juego que hoy dispara mis recuerdos y mis fantasías. Desde estas cuatro paredes llega a la última entrada de un imaginario noveno inning. Me veo entonces frente a la pizarra con mi equipo arriba por una sola carrera frente a sus más enconados rivales que reaccionan ferozmente y, en uno de esos casos extremos, como aquellos que casi nunca ocurrían, el capitán hace una excepción forzada por la indisponibilidad de los otros lanzadores, me requiere en el dugout como un producto de primera necesidad, y me pide cerrarlo para evitar la inminente acometida enemiga. Es entonces cuando me tomo mi tiempo, observo a los compañeros, mido la atención de las gradas, chequeo a los corredores, tomo aliento, mastico chicle, hago bombitas, pellizco mi cachucha y soy el grandeliga más lento que pude haber sido en las grandes ligas, pero en casa, como exige el momento.

Este es un texto de opinión. Las opiniones expresadas pertenecen a su autor y pueden no representar la visión de NM Noticias.

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