Domingo, 27 de Abril de 2014

Juan Pablo II, el papa peregrino: Una pequeña historia a propósito de su canonización

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Entre Fronteras
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– ¡El Papa me miró!. ¡El papa me saludó…!

Así repetía, entusiasmada, delirante mi esposa. Yo también había tenido la misma sensación. Quizá lo mismo sintieron nuestros dos pequeños hijos, que nos acompañaban.

Esa era la magia, el aura que irradiaba a su paso, el santo padre, Juan Pablo II. Un magnetismo increíble, cargado de dulzura, de paz. Una paz que salía de adentro de su ser, que te contagiaba.

Por largos días permanecimos como en el aire. Nos sentíamos santificados, suspendidos en un espacio celestial. Y lo mismo pasaba en toda la ciudad, en todo el país. Las rencillas políticas cesaron, se impuso otro lenguaje, más conciliador, más fraternal. Había un ambiente positivo, parecía que todo era alcanzable, que nada era imposible.

Era el año 1985, el papa Juan Pablo II, hacía su primera visita a Venezuela, la primera visita de un papa a Venezuela.

Desde temprano nos apostamos en la calle Páez de El Paraíso (El Paraíso, para más señas), para verlo pasar en su papa móvil. Iba en dirección hacia una explanada en la Urbanización Montalbán donde daría una de sus primeras misas multitudinarias.

No tuvimos que esperar mucho, pronto apareció la imagen de un hombre completamente vestido de blanco, puro, con su cara rosada, que nos brindaba sonrisas y bendiciones y nos miraba a cada uno a los ojos. Esa era la impresión que nos dejaba.

Ese día, ya extraordinario, era apenas el comienzo de los cuatro que estuvo en esa oportunidad Juan Pablo II en Venezuela. Por tanto, aún faltaba más.

El éxtasis se produjo en Ciudad Guayana, cuando en plena misa del Santo Padre, el niño Adrián Guacarán entonó El Peregrino. Una canción que nos partió el alma, por su dulzura, su profundo sentimiento y por la voz angelical del niño. El papa se conmovió, el pueblo venezolano se conmovió. Desde entonces la visita del santo padre a Venezuela quedó asociada  al  pequeño ruiseñor, Adrián Guacarán.

A pesar de la intensidad de los días vividos, los cuatro días pasaron rápido. Cuando el papa partió fue como si hubiéramos despedido a un gran amigo, a un ser querido. Quedamos muy tristes. Durante un buen tiempo la estela que nos dejó nos mantuvo entre las nubes (y me refiero a toda Venezuela). No queríamos pisar fuerte para que la magia no se rompiera.

Sin embargo, poco a poco la realidad nos volvió a despertar. El sueño había terminado.

II.

Juan Pablo II volvió a visitar Venezuela en febrero de 1996. Pero entonces ya no fui a verlo. Pudo más mi pesimismo y mi desilusión por todos los acontecimientos adversos, que a mi modo de ver, habían pasado en el país desde su anterior visita.

Me pareció que no habíamos aprendido nada del mensaje que nos dejó. Nuestros golpes de pecho y nuestras actitudes santurronas solo fueron ridículas posturas teatrales. Para entonces, ya la noche había empezado a asomarse en Venezuela. Una larga noche, sin alborada.

En todo caso, lo que más recuerdo de aquella segunda visita papal, fue lo que sucedió al año siguiente. Resulta que el presidente Caldera, tan tozudo como era, nos divirtió, aunque fue por esa sola vez. Viejo como ya estaba y todo tembloroso, pudo sin embargo con un solo dedo desbaratar una edificación de 6 mil metros cuadrados, que había permanecido en pie por largos años.

En efecto el domingo 16 de marzo de 1997 Rafael Caldera accionó el mecanismo que hizo explotar los cientos de kilogramos de dinamita que fueron colocados en las estructuras de lo que fue el Retén de Catia, vetusto y roñoso centro carcelario, pleno de historias de horror.

Pero el verdadero artífice de esa explosión no fue Caldera, fue precisamente Juan Pablo II.

Cuando el 9 de febrero de 1996, fecha del inicio de su segunda visita, el sumo pontífice venía subiendo con su caravana desde el aeropuerto hacia la ciudad de Caracas, y se detuvo frente a dicho centro carcelario, el cual lucía como una vitrina del horror a las puertas de la ciudad. Los presos se asomaban entre los barrotes pidiéndole la bendición. Juan Pablo II les dio un mensaje de esperanza, pero al mismo tiempo criticó duramente las condiciones infrahumanas en que vivían y las trasgresiones a los derechos humanos de las que eran víctimas.

III.

Juan Pablo II, tras haber sido beatificado por el Vaticano, el 1ero de mayo 2011, hoy fue elevado a calidad de santo, por los milagros que se le atribuyen.

Gloria al santo peregrino.

Foto: Youtube