jueves, 17 de noviembre de 2011

Una anécdota a propósito de la visita Real

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Entre Fronteras
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La visita de la pareja Real, William y Kate, a tierras canadienses y el reflotamiento una vez más del inagotable tema de la pertinencia o no de la monarquía en un mundo del Siglo XXI, me hizo recordar otra visita real que sucedió hace muchos años y en la cual, joven al fin, jugué el papel  de comeflor, porque además en aquella época sí se comían las flores.

Era el año 1969, plena efervescencia de las comunidades hippies, la protesta era el símbolo de la modernidad. Vivía, en esa época, en Trujillo, ciudad situada en la costa norte del Perú. Era un joven soñador, recién salido del colegio. Frecuentaba asiduamente una agrupación de estudiantes universitarios que pertenecían muchos de ellos a las juventudes demócratas cristianas y otros pertenecían a un grupo de estudios dirigidos por padres franciscanos.  

Lo que más hacíamos en esa especie de club, aparte de divertirnos, era discutir sobre ideologías y analizar documentos. El documento que prácticamente acaparó toda nuestra atención fue la  Populorum progressio o el Progreso de los Pueblos, encíclica promulgada dos años antes por el Papa Pablo VI. La analizábamos de arriba para abajo, buscándole su esencia. Hasta que finalmente encontramos en ella lo que queríamos encontrar, que la Iglesia debería colocarse de manera activa al lado del pueblo, sufriendo sus problemas y luchando con ellos para solucionarlos.

Al interior de la jerarquía eclesiástica trujillana la efervescencia crecía. La tal encíclica sembraba la discusión y la polémica. Pronto empezó a tomar forma una corriente discordante, parecía que un cisma se avecinaba. Es así cómo durante esos tiempos se gestó la famosa Iglesia de los Pobres o la Iglesia de la Teoría de la Liberación. Su líder, el padre dominico Gustavo Gutiérrez, pasaría a ganar fama mundial como uno de los fundadores de este movimiento, que daría tantos dolores de cabeza al Vaticano. En Brasil, para citar sólo dos, surgió otro grande de esta corriente, el Obispo de Recife Helder Cámara, desaparecido en 1999.

Así se encontraban las cosas en la apacible ciudad de Trujillo, cuando se supo la noticia que el Príncipe de Asturias, Juan Carlos de Borbón, virtual futuro Rey de España y la Princesa de Mónaco, Grace Kelly, llegarían a Trujillo en una visita no oficial, estrictamente privada, para la inauguración del Golf Country Club, una de las más lujosas instalaciones de la época.

Por supuesto que dadas las circunstancias enunciadas, tal visita fue como echarle agua al aceite caliente. ¿Cómo era posible una afrenta de tal naturaleza? ¿Cómo era posible ostentar tanta riqueza y boato frente a tanta pobreza? ¿Cómo era posible que aún estemos con estos cuentos de princesas y monarcas, reminiscencias de rancias instituciones obsoletas?

Esas eran las voces que sonaban en todos los medios contestatarios. No se hizo esperar la respuesta:¡Hay que protestar! Hay que demostrarles a esta gente quiénes somos… y así empezaron los preparativos de la protesta, de manera secreta. Haríamos una gran marcha hacia las instalaciones del club el día de la inauguración, para boicotear el acto. En la organización participaron distintas corrientes, incluso algunas marxistas, pero realmente el liderato lo llevaban los curas, los disidentes, el cura Gutiérrez por supuesto.

Pero llegar hasta el club no era fácil. El club estaba lejos de la ciudad, (hoy, como ha crecido ya el club, está prácticamente integrado a la gran ciudad) lo separaban inmensos sembradíos y había una sola carretera. Cómo hacer para que un numeroso grupo de personas, llenas de carteles, se traslade hacia allá sin que nadie lo note en un día tan especial como el de la inauguración. La ventaja era que la gran fiesta inaugural era en la noche, eso nos permitió que aprovechando la oscuridad, nos desplazáramos en distintos vehículos y nos esparciéramos en los campos hasta lograr organizarnos frente a las puertas del club.

Así lo hicimos. De repente emergimos todos dando gritos de protesta, blandiendo nuestros cartelones, con citas de la Biblia o con consignas de la mencionada encíclica papal. A pesar de nuestros gritos de arenga y de crítica, sin duda se trataba de una protesta pacífica. Pero el enorme cordón policial que resguardaba las instalaciones no lo tomó así, al parecer ya nos esperaban. Arremetieron contra nosotros férreamente, sin mayor trámite. Tontamente creíamos que como el grupo era básicamente integrado por jóvenes y sacerdotes católicos iban a tener consideraciones especiales con nosotros. No. No fue así.

Palos, bombas lacrimógenas, correteos…la arremetida provocó nuestra desbandada. Pronto nos vimos metidos en los charcos de los cañaverales que era lo que más abundaba en los alrededores. La policía hizo sus primeros arrestos de un grupo de jóvenes, a quienes acorraló y montó en distintas furgonetas de la policía. Desde mi escondite pude escuchar que dos curas negociaban con la policía la liberación de algunos muchachos ofreciéndose ellos como rehenes. La policía, ni tonta ni perezosa, arrestó a los dos curas y no soltó a nadie.

Vino una segunda arremetida de la policía y esta vez la desbandada fue definitiva. Maltrechos, magullados, agitados, cada quien cogió para el lado que mejor pudo. Estábamos en medio de la nada, llenos de barro, entre cañaverales, en una noche negra que no distinguíamos a gran distancia. Sólo a lo lejos podíamos ver las fulgurantes luces de colores que iluminaban el Club y los sonidos de la música llegaban a nosotros oídos como ráfagas. Fue para mí, una hermosa aparición, en medio de esa inmensa oscuridad.

Vagué entre la vegetación como un fugitivo perseguido por los perros de caza. Todos habíamos perdido el contacto entre nosotros y la noche no nos ayudaba para comunicarnos y no podíamos gritar tampoco, porque nos delatábamos. En realidad, no teníamos idea en que punto estábamos. Habíamos perdido toda referencia de ubicación.

¿Cómo llegue de vuelta a la ciudad? Sinceramente no me acuerdo. Es increíble, pero es así. Tal vez caminé y caminé o tal vez alguien me trajo en carro; no recuerdo si llegué solo o acompañado. No lo sé. El asunto es que llegué de vuelta y así terminó mi experiencia antimonárquica.

Han pasado muchos años y la vida ha cambiado mucho. Para muestra, el padre Gustavo Gutiérrez, fue galardonado en el 2003 con el Premio Príncipe de Asturias, instituido por la realeza española, aquella contra la cual protestamos aquel año. Pero eso no le quita lo bien merecido de su premio.

Algunos de los que protestaron entonces tomaron el caminos del marxismo, pero el marxismo con los años nos ha demostrado una y otra vez lo inviable de su modelo y que, a mi manera de ver, ha resultado peor que las monarquías existentes. Ellos mismos, los regimenes marxistas, se han instituido en una especie de monarquías plenipotenciarias, sin necesariamente llevar el título de tal.

En cuanto a mí, a estas alturas de mi vida, soy mucho más tolerante con las monarquías, me refiero a las monarquías constitucionales, las que existen en la Europa occidental. Hoy, no me atrevería decir que Gran Bretaña por tener una monarquía es menos democrática que Estados Unidos. O que Canadá es menos democrático que, digamos, Venezuela.

O que las condiciones de crecimiento económico y social de Gran Bretaña son peores que las de los Estados Unidos. O que el modelo económico de Canadá es peor que el de toda Latinoamérica. O que el sistema de partidos es peor en Gran Bretaña o Canadá, que en los Estados Unidos. En aquellos, junto a la figura del soberano (que a decir verdad, solo interviene para resolver conflictos de poder), hay un Primer Ministro y dos cámaras y al gobierno se le puede mandar a su casa en cualquier momento. En los Estados Unidos, cuántas veces se ha cuestionado las formas de elección de los representantes y la presencia de dos partidos que se alternan el poder crea una suerte de oligopolio partidista.

Ni hablar de Latinoamérica, que se vanagloria de sus regímenes republicanos. Igual allí existe bipartidismo, casi todos han cambiado las Constituciones para concentrar más poder en el Ejecutivo, alargar los períodos presidenciales o para permitir las reelecciones inmediatas y hasta hay un presidente que se ha dado el lujo de instituir la reelección a vida.  

Entonces con que cara puedo criticar al régimen que representan nuestros invitados, William y Kate. Simplemente no tengo argumentos suficientes para superponer un régimen como mejor que otro.