jueves, 17 de noviembre de 2011

Dolor inmigrante

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Saber cercana la muerte de alguien amado siempre es muy doloroso,  puedo decir que no lo es más, ni menos, estando lejos de tu país natal, de tus padres, hermanos, primos  y amigos cercanos.  Es una mescolanza indescriptible de sentimientos donde  la angustia y el dolor se amalgaman con la tranquilidad de saber que este ser preciado encontrará pronto su descanso físico y la paz espiritual. Pero, ¿Cómo engañar al alma cuando el corazón duele y las lágrimas llegan? Esas que brotan solas de tus ojos y solo queda intentar reprimirlas o secarlas disimuladamente fingiendo el aplomo, la dureza y entereza de aquel que comprendiendo el ciclo de la vida reconoce que así como unos vienen, otros se van.

Mucho más allá de la aparente tranquilidad que queda al saber terminada una dolorosa agonía, el sonido de los aparatos, mangueras, sondas, inyecciones, pastillas y la consciencia de que llegada la hora perfecta habrá descanso y encuentro con Dios, tengo este dolorcito en el pecho que no siendo físico ni acto reflejo me ciega el pensamiento y me emborracha con recuerdos y remembranzas.

A las personas que como yo hemos emigrado en la búsqueda de un mejor presente y un futuro posible, dejando lejos a gran parte de la familia para encontrar un lugar donde sea posible para nuestros hijos crecer y formarse con seguridad personal, sin adoctrinamientos, en plenitud de derechos y con oportunidades de crecimiento profesional, personal o deportivo, nos pega igualito.

La distancia que separa a Canadá de Venezuela no hace este dolor diferente, ni en su magnitud o medida como tampoco en su pureza o agudeza, este sentimiento es aquí tan inmigrante como yo, me pertenece y acompaña, tiene mi acento y el calor de mi gentilicio. Se vive cuando te toca y experimentarlo no te hace diferente, emigrar requiere fortaleza, perseverancia y mucho trabajo para no perder el impulso en el intento, así como un inmensurable sentido del sacrifico.

Egoísmo dirán algunos, comodidad, inteligencia y valor dirán otros tantos, no es cuestión de adjetivos ni de justificaciones, mucho menos se trata de negar nuestro origen. Es simplemente, buscar la continuidad de nuestras familias, gesta y apellidos aumentando la probabilidad de que esto suceda.

Hace poco más de un mes fue mi tía Elba y días después le tocó a mi tío Pipo, su compañero de toda la vida, despedirse de este mundo.  No voy a recordarlos más que siempre como tampoco voy a olvidarlos rápidamente, siempre vivirán en mi memoria y en los genes de nuestra familia. No me culpo por no haberme despedido en persona, ni me disculpo por no estar en sus entierros, tampoco me culparé por olvidar sus rostros, su voces o miradas.

Solo pido a Dios, el creador y jefe de todo esto que nos fortalezca en su fe para aceptar su desaparición física, la remisión de sus almas y su reencuentro eterno en el más allá.

Lo que agradezco en todo momento fue haberlos conocido, escuchar sus enseñanzas, los chistes y anécdotas que atesoraban y compartían siempre que podían, las cenas de navidad y los viajes a Margarita, entre muchas cosas superfluas y muchos más profundo que todo eso: su amor, cariño y amistad, traducidos en consejos muy a tiempo propinados.

En este momento no soy un inmigrante más, soy uno que perdió a distancia parte de su familia y a quien lo acompaña un sentimiento de pérdida en seco, sin lágrimas y con poco que decir, toca seguir trabajando y sobrellevando este dolor inmigrante.

Que en paz descansen mis queridos tíos, siempre estarán en nuestros corazones. Gracias por existir.

Reinaldo.

 

Escrito por Reinaldo Boada, venezolano residente en Canadá