Miércoles, 31 de Agosto de 2011

Exmercenario leal a Gaddafi describe el combate en la guerra civil libia

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El mes pasado, en un centro de hospedaje y con una vista de cactus del abierto Sahara, me senté a esperar a uno de los mercenarios de Muammar Gaddafi.

A través de un intermediario, accedió a encontrarse conmigo y explicarme por qué los Tuareg  -una antigua población del Sahara que habita entre Libia, Mali, Nigeria y Argelia- ayudarían al líder libio a terminar con las protestas a favor de la democracia.

Supe de él cuando un viejo Tuareg me dijo que en las semanas recientes, más de 200 combatientes habían regresado de Libia a Tombuctú y sus pueblos cercanos. Dijo que cientos más habían vuelto a otras regiones del este de Mali. Los líderes locales estaban preocupados, aseguró, de que esos hombres pudieran ser el comienzo de una ola grande de mercenarios regresando de los combates en Libia y que ellos no podrían resolver las rivalidades étnicas que hay al norte de Mali.

Durante décadas, Gaddafi ha reclutado a los Tuareg para que sirvan en sus fuerzas militares. A comienzo de los 80, el líder libio los convocó para que se unieran a su legión islámica, la cual había construido como su piedra fundamental para su sueño de levantar un estado musulmán en África del Norte. Pero luego de aventuras militares enfermizas en Líbano, Chad y Sudán, separó a la legión e invitó a los Tuareg a unirse a brigadas especiales dentro de la armada libia. En décadas recientes, varias grupos rebeldes de esta población –entrenados en las unidades libias- combatieron en Mali y Nigeria. Cada vez que los conflictos finalizaban, Gaddafi brindaba ayuda y refugio a los líderes rebeldes y a mucho de sus excombatientes.

Dada esta historia, no sorprendió en marzo, cuando informes reportaron que Gaddafi estaba ofreciendo pagos de 1000 dólares americanos, por día, a los Tuareg que ayudaran a su régimen a acabar con las rebeliones. Oficiales de Mali y Nigeria vieron en ese entonces carros con cientos de Tuareg dirigiéndose a Libia.

“Lo que queríamos era matar a tres o a cuatro frente al resto para que todos escaparan”.

Ahora, cinco meses más tarde, mientras esos hombres han regresado de la guerra civil en Libia, la mayoría rechaza a discutir sobre sus experiencias, especialmente con occidentales. Algunos de ellos creen en la teoría de que hay una política externa de Estados Unidos para Norte América. “No ha visto Obama lo que le pasó a Irak cuando Sadam se fue”, dijo otro. “Por qué los Estados Unidos está interfiriendo en los asuntos internos de Libia”, reclamó un tercero, quien,  como un habitante de Mali combatiendo en Libia, falló en ver la ironía en su pregunta.

Finalmente, el mercenario llegó a nuestro encuentro.  Parecía más un granjero que un guerrero. Vestía un bagzan marrón (el largo, que prefieren los locales), con sandalias de cuero y un turbante negro cubriendo su boca y nariz, como el estilo tradicional Tuareg. Sugirió que fuéramos al techo de la casa de hospedaje para tomar té caliente y sacar provecho de la brisa que venía del desierto.

El hombre –a quien llamaré Abdullah- aceptó contar su historia si prometía no identificarlo, ni a su familia. “No tengo miedo a decir la verdad”, aseguró, pero estaba preocupado de que los oficiales de Mali o sus compañeros no estuvieran de acuerdo.

Es un nudo de contradicciones. Es un Tuareg que ha formado parte de ambas partes de la rebelión. Como joven, dijo que viajó a Tomboctú a comienzos de los 90 con su familia, cuando la armada atacó la ciudad…Vio hombres demolidos por tanques, conoció líderes políticos que fueron asesinados, y mujeres y niños que murieron. Sin embargo, como adulto, escogió luchar por Gaddafi en contra de los rebeldes libios, básicamente, por dinero.

Para probar que estuvo en Libia hizo un documento –con una foto tipo pasaporte y un sello del Consulado de Mali en Tamanrasset- identificándolo como un refugiado de Libia. Dijo que fue a esa nación en 2007, con su esposa y su hijo. Les dieron papeles de residentes por corto tiempo, en cambio de su alistamiento en la armada de ese país. Fue asignado a la brigada Tuareg del pueblo del sur de Awbari.

Hace dos años, consiguió la residencia plena. Asimismo, recibía un salario de 1.300 dólares mensuales, que casi enviaba en su totalidad a su familia, que vivía en campamentos pequeños cerca de Tomboctú. Su esposa y su hijo recibieron atención médica gratuita y su pequeño fue a una escuela libia. “A una muy buena”, dijo. “Siempre prometieron casa y carro, pero a muy pocos Tuareg les cumplieron. Creo que Gaddafi intentó bastante mantenernos en Libia. Creo que olía que algo estaba en camino”.

tuareg

Cuando las protestas comenzaron en Trípoli, su unidad fue enviada a la famosa 32 brigada, liderada por el hijo de Gaddfi, Khamis. Fue destinado entonces a dispersar las marchas de los protestantes desarmados. “Fue fácil”, aseguró. “Mataríamos a tres o a cuatro frente a la multitud y escaparían. Eso fue muy fácil”.

Luego de Trípoli, él y sus compañeros mercenarios combatieron en varias batallas en el este de la capital, a lo largo de la costa, incluyendo Misrata. Mientras los combates se intensificaban, los oficiales libios comenzaron a amenazar a los Tuareg, diciéndoles que si no se unían a la pelea, los apresarían así como a sus familias.

Algunos desertaron y otros se unieron a los rebeldes, pero la mayoría se quedó junto a las fuerzas leales a Gaddafi. En Misrata, dijo que vio a Ibrahim Bahanga, uno de los Tuareg que encabezó la rebelión en contra del gobierno de Mali en 2009. “Estaba con muchos exrebeldes de Mali. Estaban peleando duro por Gaddafi”.

La unidad de Abdullad fue transferida a Brega y luego a las afueras de Bengasi. “Estábamos en seis kilómetros cuando las primeras bombas de la OTAN nos golpearon”. Primero un misil impactó un carro que llevaba artillería a sus posiciones y mató a ocho hombres. “Nunca lo vimos o lo escuchamos. Los hombres solo desaparecieron”. Él y sus compañeros terminaron muy asustados. Estaban muy bien entrenados para combatir en el terreno, dijo. “Ninguno de nosotros era bueno derribando aviones”. Los hombres trataron de esconderse debajo de los carros y debajo de los árboles. Cuando caía la noche, manejaban sin luces. Cuando se detenían para dormir, buscaban dónde esconder sus carros.

Al principio, la palabra que llegó es que Gaddafi había ordenado a sus fuerzas no disparar a los aviones. “Dijo que mostraría al mundo que quería una solución pacífica. Fue estrategia para que la gente preguntara a sus líderes ‘¿por qué están combatiendo en contra de Gaddafi?’ Pero no funcionó y luego ya era muy tarde para responder”.

Pregunté sobre el discurso del líder de febrero pasado, en el cual pidió cazar a los manifestantes, casa por casa…Tomó una pausa antes de responder. “Para ser honesto. Es cierto. Creímos en lo que Gaddafi nos dijo. Creímos que debíamos ir y matar a todo el mundo”

Pregunté, esta vez, si había civiles asesinados. En Misrata, dijo, “tratamos de encontrar a todo el mundo. Una mitad de la ciudad fue limpiada”.

¿Qué quiere decir con limpiada?, pregunté.

“Que la gente fue asesinada. Mujeres, niños, todo el mundo que estaba allí”.

¿Quién los asesinó?

“La mayoría era árabe, pero había también algunos Tuareg”.

¿Mató a algún civil?

“No”. Se negó a profundizar.

Pregunté sobre las acusaciones de que las fuerzas de Gaddafi habían violado a las mujeres. “Nunca vi eso”, aseveró. Pero su unidad encontró un grupo de mujeres que aseguran haber sido violadas por hombres de Sudán y Egipto que habían estado combatiendo con los rebeldes.

Escrito por Peter Gwin – The Atlantic