Viernes, 10 de Mayo de 2013

Jan Lisiecki y la Orchestre de Chambre McGill: Apoteosis del sentimiento, sin sentimentalismo

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El pasado lunes, en la noche, en la Maison Symphonique, la Orchestre de Chambre McGill celebró su esperada gala anual, con un programa absolutamente exquisito y con la interpretación estelar de uno de los solistas jóvenes más aclamados del momento: el canadiense de origen polaco Jan Lisiecki, de 18 años de edad.

Estaba previsto que, en esta velada especial, la orquesta fuera conducida por su director (y alma) el maestro Boris Brott.  Pero, como este titán musical del Quebec cada día goza de mayor prestigio internacional, a la conducción de este concierto se interpuso una invitación para dirigir en El Vaticano... y el maestro Brott delegó la delicada misión del brillo de esta noche en su directora asistente, la quebequesa Geneviève Leclair.

Primero en la soirée, el Concerto a cinque, de Albinoni. La directora Leclair (como lo haría más tarde, con la obra de Grant), estuvo en control de cada instrumento, impuso la dinámica correcta, y la expresividad adecuada, llevando a feliz término lo comenzado por el maestro Brott desde los ensayos preparatorios de cada obra.

Posteriormente, llenó el recinto el Concierto para piano y orquesta # 9 “Jeunehomme”, de Mozart.  En esta noche, este fue el primer desafío del joven Jan Lisiecki, quien, durante la obra, fungió como solista y como director a la vez (aunque hay que admitir que puso mucho más énfasis en su ejercicio principal, el del pianista universal en formación que cada día admiran más personas).  Escuchamos interpretación abordada con elegancia cortesana y con ritmo inconfundiblemente mozartiano, y esta tónica se sostuvo a lo largo de todo el concierto. Ningún instrumento sufrió atrasos por pesadez esta noche, como ha sucedido a veces con otras orquestas.

Tras el intermedio, Spring Came Dancing, del canadiense Stewart Grant, quien asistió al concierto y recibió, gustoso, la ovación del público.  Grant, en broma, dijo que esta pieza suya, compuesta hace 19 años, es más vieja que el solista estrella de la noche, Jan Lisiecki.

La obra se puede considerar como una excelente partitura, a la altura de cualquiera de los mejores compositores de la segunda mitad del Siglo XX.  Es muy importante que  los compositores canadienses se le midan a esta clase de creación, y mejor aún cuando se trata de autores relativamente jóvenes. Y es loable que por fin los programen en conciertos significativos.

En claro contraste con el modernismo de la obra anterior, los “Estudios” Opus 10, para piano, de Federico Chopin, en las manos cuasisobrenaturales de Jan Lisiecki.  Prueba de la habilidad extraordinaria de este joven milagroso es mezclar en un mismo programa música de Chopin con música de Mozart, tan distintas en todo sentido, incluyendo el de las necesidades no sólo técnicas, sino también de interpretación.

Para un solista, escoger la ejecución de un ramillete tan hermoso como el de los “Estudios” de Chopin es un arma de doble filo.  Por un lado, se le pronostica en el público un éxito mucho mayor al que tendría si tocara alguna obra de un compositor contemporáneo, pues la producción de Chopin es de inigualable belleza y resulta musical a todos los oídos; pero, por otro lado, esta selección es peligrosa, pues se trata de obras tan conocidas y tan amadas por el público, que los errores o falencias interpretativas se notan mucho más.

Desde hace algunos años, hemos visto una suerte de renacimiento de la música de este compositor, la cual, en decenios pasados, fue juzgada de frívola y superficial, por el público ignorante.  Muchos “snobs” pensaban que Chopin era un compositor blando, romántico y “sonrosado”; pero este “renacer” del genio chopiniano le ha hecho comprender a un público más educado que la imagen mencionada no era tal:  la realidad es que Chopin fue un genio prodigioso, de imaginación melódica  extraordinaria, como también lo fue con la forma: la manera en la cual regresaba sobre los temas, con modificaciones, con variaciones, con cambios de ritmo y de tono emotivo.

Pero, por encima de todo, cuando hablamos de Chopin, hacemos referencia a un compositor cuyas obras son muy difíciles de interpretar.  Inventaba procesos digitales casi irreales, en los cuales es preciso girar las manos de determinado modo, casi una proeza, para poder tocar la serie de teclas dispuestas en una misma frase.  Son numerosos sus pasajes que implican virtuosismo fabuloso.

Ante semejante panorama de dificultad, cualquier pianista que se enfrente a Chopin y busque no fallarle al público ha de demostrar destreza superior y excelencia veraz.

La interpretación de Lisiecki fue fresca, vívida, llena de inspiración chopiniana, de frases bien ejecutadas, con una habilidad digital inefable, haciendo énfasis en los pasajes de mayor contenido energético y desplegando exquisita expresividad en aquellos que exigen sentimiento, sin sentimentalismo, pero con la más prístina profundidad interpretativa.

Con los “Estudios”, de Chopin, Lisiecki alcanzó la apoteosis de la expresión romántica.   Esta música, dicen los que lo conocen, es la que mejor se aviene con su perfil psicológico. Sin embargo, es rara la ocasión en que Lisiecki interpreta en público a su compatriota inmortal. Privilegiados, entonces, los asistentes a este concierto.

No podríamos exagerar al celebrar el inmenso placer que nos fue ofrecido durante esta noche.

Foto: Captura de pantalla / YouTube