domingo, 12 de mayo de 2013

Sin duda, el concierto del año

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Los amantes de la música culta pudimos gozar, el pasado viernes, en la Maison Symphonique, de un concierto gigantesco, esta vez ofrecido por la Orchestre Métropolitain, como última presentación de esta temporada, con la colaboración de dos orquestas, la mencionada Métropolitain, y la Orchestre du Centre national des arts, de Ottawa, bajo la dirección de nadie menos que el amadísimo maestro Yannick Nézet-Séguin. 

El concierto fue inolvidable, no sólo por la categoría de las obras escogidas, sino por la magnífica dirección de tan complejas creaciones en la batuta del maestro Nézet-Séguin, y la excelencia que alcanza el conjunto de la dos orquestas.

De Richard Strauss, único compositor protagonista de la velada, incluyeron, afortunadamente, algunas de las obras más representativas de este innovador rebelde. Yo no habría imaginado una mejor selección de este compositor para el repertorio de un concierto, especialmente en aras de completar un estudio de la riquísima trayectoria de ese genio (debemos recordar que estamos en la “víspera” del sesquicentenario del natalicio de este gigante de la música).

Primera en la noche, la Fantasía Sinfónica, sobre “La mujer sin sombra”, estrenada en 1919.  Siendo una obra de un Strauss en plena madurez, con un solo movimiento sobrecogedor, alcanzó a brindar al oyente el deleite que buscan siempre los amantes del estilo personalísimo de compositor tan sui-géneris. Un movimiento complejo, afectado por influencias varias, como lleno de razones para su gravedad o suspenso, o sentimiento de tristeza, expresados con los recursos que sólo este prodigio alcanza: el tempo anuncia la trama de esta ópera de Strauss injustamente olvidada. El clímax, conmovedor y notable, colmado de la voz característica de Richard Strauss. El público gozó con euforia el finale, que inundó la sala de energía y expresividad melodiosa.

Orchestre metropolitain

Tras la ovación del público, nada menos que la Suite Sinfónica de “El Caballero de la Rosa”.   Con exquisito desempeño, hermoso timbre, sereno dominio del tono, las cuerdas alcanzan expresiones de profunda dulzura o de heroico vigor, y además, los indicados gestos musicales de poeticidad operística; los músicos hacen cantar sus instrumentos, siguiendo con expresiones adecuadas el hilo de la historia resumida.

Intercalados, surgen relámpagos en los vientos, quienes tocan como en vilo, en actitud sacramental.  Los tutti de la orquesta suenan como si en cada atril tocara un virtuoso. Gran ímpetu, gran energía, volumen imponente, y precisión de filo de cuchilla. El inmenso y sólido sonido de esta conjunción de las dos orquestas nos hace creer que ya ¡Montreal es la imbatible capital cultural del Canadá! Podemos imaginar la envergadura del trabajo de preparación, con el esmero erudito del maestro Nézet-Séguin.

Y termina la noche con una obra mayor, “Así hablaba Zaratustra”, el sexto de los poemas sinfónicos de Richard Strauss. Imposible evitar el sentirse transportado a otra dimensión, no sólo musical sino también intelectual, psíquica e histórica. “Poner en escena” a Strauss siempre es como ir a otro mundo. Y ahí está Nézet-Séguin, al parecer sin esfuerzo, sin haber tenido que hacer un viaje intergaláctico a pie: trajo las dos orquestas sobre sus hombros, pero no se le nota ningún esfuerzo sobrehumano.

Los cobres, en profusión y excelencia. Corno inglés, trompetas, trombones y tubas proclaman dulces pasajes, se contestan, hacen coros. La orquesta grita, danza, se estremece, ¡nos estremece! Los platillos, los timbales y campanas nos vuelcan en su oleaje arrollador. Los demás vientos, (flautas, clarinetes, oboes, fagot y contrafagot), y cada músico, cada sección, como una orquesta de “solistas”; y hasta la flauta y el píccolo clavan su identidad, la de Zaratustra. Y Nézet-Séguin, grande en la medida en que la obra es grandiosa.

Esta es una obra llena de expresividad y anécdotas narrativas y de dificultades técnicas e interpretativas.  Es una obra difícil, en la cual el director debe comprender a fondo el talante del personaje y su entorno, para hacerlos interpretar como el compositor pretendía.  Y Nézet-Séguin maneja las cuerdas de estos títeres musicales como un mago. Supo sacarles a las dos orquestas todo su vigor, toda su capacidad interpretativa, y ¡la excelencia que han alcanzado!

Una vez más, termino expresando, a nombre del público de Montreal, nuestro agradecimiento por este regalo fabuloso, y por cuanto nos ha entregado la Orchestre Métropolitain en estos más de 30 años de trabajo. Y felicitando a Yannick Nézet-Séguin por tan feliz iniciativa de unir estas dos formidables orquestas, y por su dedicación y sus constantes esfuerzos y aciertos, que hacen que la gente del Quebec lo considere, cada vez con más razones, como uno de sus líderes más excelsos.

Foto: Cortesía Philippe Jasmyn – www.pjasmin.com