Sábado, 25 de Mayo de 2013

Zinman se crece con la altitud de Mahler

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OSM Montreal

El miércoles y jueves pasados, en la Maison Symphonique, la Orquesta Sinfónica de Montreal se dio el increíble lujo musical de presentar la complicada e inmensa Quinta Sinfonía de Mahler.  Merece comentarse que la combinación de esta obra con el Concierto para piano #18, de Mozart, resultó ser una sagaz idea. Una apoteosis orquestal pocas veces disfrutada.

A la batuta, el aclamado David Zinman, conocido en internacionalmente por su abundante discografía y por haber conducido las mejores orquestas del orbe.  El estadounidense Zinman pertenece a la escuela de directores que creen que su propio movimiento físico y corporal comunica a la orquesta el nivel de expresión requerido.  Su gestualidad es su lenguaje interpretativo.

Con Mozart, se da inicio a la velada.  Las entradas y los calderones son precisos. El ritmo mozartiano no decae, y es ágil y alegre, o denso y dramático, según el tema del pasaje.  La orquesta, magnífica, afinada y afilada, orgánicamente manejada, emergiendo de una dirección acuciosa y eficaz.  Y el desempeño del solista,  Stephen Kovacevich, demostró que, a sus más de setenta años de edad, no ha dejado de ser uno de los mejores ejecutantes del repertorio pianístico clásico y romántico.

Nuestro pianista, muy dentro del perfil mozartiano,  interpretó el concierto con la mayor excelsitud, probando su profundo conocimiento del compositor. Se destacaron los staccati y las profusas escalas, digitadas con pasmosa claridad, entre cascadas vertiginosas de las frases torrenciales, pasajes que este instrumentista domina con maestría inigualable.  Dato curioso de este famoso pianista y director de orquesta, que puede interesar a nuestros lectores hispanófonos e hispanófilos:  Kovacevich fue el tercer esposo de la gran pianista argentina Martha Argerich, con quien tuvo una hija.

Tras el intermedio, la esperadísima Quinta Sinfonía de Mahler. Dirigir Mahler, el compositor que inició la nueva era de la composición musical, no es cuestión fácil.  Sus partituras están entre las más complejas y complicadas que existen. Especialmente, en esta obra, es necesario llevar varias líneas de pensamiento horizontales y concordantes a todo lo largo de la sinfonía.

Mahler, siendo un espíritu capaz de sublimación espiritual y dueño no sólo de una amplia cultura, sino, sobre todo, como es sabido, de la mayor excelencia en su profesión, no era un personaje de fácil transcurso psicológico.  En una época, fue paciente de Freud.  Vivió agobiado por problemas religiosos, especialmente, por los rechazos políticos del antisemitismo en el reino en el cual le tocó vivir.   Se convirtió oficialmente, para evitar problemas.  Y, a pesar de que era, hasta cierto punto, un hombre religioso, estuvo largamente atormentado por estas circunstancias.

Con todo este bagaje, era de esperarse que su genialidad musical sufriera las influencias de esta problemática. Mientras que en sus más complejos pasajes y en los tutti apoteósicos, asoman la bravura y la tensión; en sus adagios siempre aflora su honda sensibilidad artística, nacida de su profundidad espiritual y de sus tormentosas tristezas.

Esto se hace evidente (se puede decir más que en ningún otro fragmento de la música culta universal) en su Quinta Sinfonía, especialmente en el famosísimo Adagietto. Este bellísimo cantábile es un lamento doloroso que, sin embargo, no ostenta melodramatismo, sino la más exquisita sobriedad, dentro de la máxima expresión de angustia.

Todo esto es algo que, obviamente, el director Zinman entiende perfectamente y, de acuerdo a ello, desarrolló su interpretación ajustada al prolijo conocimiento de esta maravillosa y famosa sinfonía.  Zinman, está en control de todo cuanto va surgiendo y logra de la orquesta un desempeño inolvidable. ¡Inolvidable!

Foto: Facebook / OSM