Domingo, 26 de Mayo de 2013

Fiesta coral a la francesa: Sublime música en manos de Jean-Marie Zeitouni

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I Musici

Todo gran director creció durante su vida en el podio, ante los ojos del público. Esto, salvo raras excepciones, de genios que nacen sabios y maduros, es algo lógico y bien reconocido. El público montrealés amante de la música culta ha tenido el placer de ver cómo se ha ido creciendo el maestro Jean-Marie Zeitouni y al mismo tiempo, cómo ha ido consolidando la coherencia y la calidad de su conjunto, la orquesta de cámara I Musici.  El viernes pasado, constatamos una vez más su competencia, al dirigir, en la Maison Symphonique, el último concierto de la temporada 2012-2013 de I Musici.

En esta ocasión, disfrutamos al ver al maestro Zeitouni dar cada entrada exhaustivamente y controlar el ritmo, la musicalidad y el vigor del Réquiem de Maurice Duruflé y de un ramillete interesantísimo de muy bien combinadas arias o aires de la música francesa coral, casi toda del período Impresionista: la Obertura de Masques et bergamasques, Madrigal y Pavane, de Fauré; dos pasajes de los Chants d’Auvergne, de Canteloube;  Trois chansons de Charles d’Orléans, de Debussy, y tres “chansons” del Don Quichotte à Dulcinée, de Ravel.

Como decíamos, la obra principal de esta noche fue el famoso Réquiem, sin duda, la pieza interpretada con mayor elación espiritual.  Hermosas melodías con un lamento prologando, que, aunque no cantábile, si muy lírico: un cántico, no una canción. Las maderas pautan el ánimo luminoso, apartado de la oscuridad y amargura que han primado en otros réquiems.  El maestro pide fuerza en el coro y en la orquesta. Esa fuerza que viene del espíritu. La fuerza que es el alma del ser humano y de sus expresiones, en especial, de la música, y que nos lleva a reflejar e interpretar emociones y sucesos desde la perspectiva del espíritu.  Se muestran las fuerzas tremendas del arcano; cobres y maderas refuerzan el clamor conjunto. Y luego pasajes cada vez más serenos y con algunos rayos de luz en los stacatti de los violines.  Los vientos cumplieron, aportando con perfecta medida su soporte de profundidad al drama metafísico de la obra. 

El maestro Zeitouni dirige como si la obra fuera escrita por él, y hubiera laborado toda su vida para alcanzar este momento, desde cuando ingresó al Conservatorio de Montreal, cuando ya había decidido que quería consagrarse a la misión purificadora de la música académica. 

Todo el ámbito del escenario y el teatro vibraba con sonido grosso, maduro, resonante.  ¡Como debe ser!  En esta ocasión, los miembros de un coro de excelencia, como el Ensemble Vocal del Studio de musique ancienne de Montréal conformaron la nutrida voz.  Enérgica y exacta, y bien soportada por la orquesta, especialmente las cuerdas, que en esta obra tienen un papel básico, con bellísimas y dulces sonoridades.

Aquí también el Ensemble Vocal del Studio de musique ancienne de Montréal confirmó su propia depuración, su consolidación, su “mayoría de edad”, más que ganada, a los casi cuarenta años de su fundación.  Cada miembro se ve aportando su parte con conocimiento y vivacidad, cada voz se escucha sólida y el balance de volumen es correcto.

Como mezzosoprano solista fungió la consagrada intérprete quebequesa Julie Boulianne, quien, además de excelencia y talento más que demostrados en innumerables presentaciones en las más prestigiosas salas del mundo (incluyendo el Metropolitan de Nueva York), tiene porte y belleza física. Aprovecho hoy la oportunidad que me da el hecho de que esta solista se presentó tan debidamente vestida y peinada, para comentar que, en cualquier espectáculo “teatral”, el vestuario es un elemento tan importante, que los atuendos deben ser oportunamente revisados por los directores a cargo. Así se evita que pase (lo que sucede a menudo), que nadie pueda disfrutar totalmente del evento, a causa de la angustia que da la pena ajena de ver a algún solista mal presentado. A veces, entre nosotros, en eventos de música culta, los directores de orquesta no se atreven a revisar esto con los integrantes invitados, y parecería que no le corresponde a nadie.  Sería una falla; no deberían dudar de hacerlo.

Phillip Addis, baítono solista, desplegó una voz potente y bien controlada. Son destacables su buena modulación y su histrionismo sobrecogedor, que ya habíamos aplaudido hace unos meses, cuando protagonizó la puesta en escena que la Ópera de Montreal montó de Werther, de Massenet. Próximamente, ofrecerá un recital en la Ópera Nacional de París y cantará en Los Ángeles, dirigido, nada menos, que por James Conlon.  

En suma, sublime música.  Un culmen en manos del maestro Jean-Marie Zeitouni y de cada instrumentista, y en el aliento de cada cantante.

Foto: Sofía Carrero / Noticias Montreal