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Hamelin, Labadie y Les Violons du Roy: Acuciosidad, elegancia y virtuosismo cerebral y muscular

Violons du roy Montreal

Violons du roy Montreal

Los amantes de la música clásica en Montreal disfrutamos el pasado sábado, en la Maison Symphonique, de otro espléndido concierto de la orquesta de cámara Les Violons du Roy. A la batuta, el excelente y admirado director Bernard Labadie, y como solista invitado, el reputado pianista quebequés, lleno de premios y de honores, Marc-André Hamelin.  El único compositor interpretado en la velada:  Franz Joseph Haydn.

El acto comenzó con la ejecución de la obertura de “L’Isola desabitata”, una de las olvidadas y perdidas  óperas de este genio musical, creada en 1779.

La dirección de Labadie es sobria, sin grandilocuencia.  Es elegante y es, sobre todo, precisa…  Y su dinámica se mantiene tanto en los pasajes serenos como en los intensos. La expresividad que logra es elocuente y siempre adecuada. No queda una sola melodía que decaiga o que no alcance la misma perfección de las demás. Y cada instrumento se destaca, se despega del fondo sonoro del conjunto, cuando tiene protagonismo melódico o aún en una función de adorno.

Y, por supuesto, el gran mérito de Labadie como director itinerante de orquestas de los más altos calibres (como las sinfónicas de Nueva York, Chicago, Boston, Filadelfia, San Francisco y Toronto, entre otras muchas), es el de la preparación previa. En esta ocasión, a la cabeza de su orquesta, la que él fundó y sacó adelante, la preparación para el concierto debió ser un gran trabajo, a juzgar por el logro final.

El momento más esperado de la noche fue la interpretación de dos conciertos para piano de Haydn que rara vez se escuchan en nuestro medio: el Concierto para piano en Fa Mayor (Hob. XVIII, 3) y el que Haydn compuso en Sol Mayor (Hob. XVIII, 4).

Les violons du roy

Nuestro solista, Marc-André Hamelin, demostró su gran talento y destreza en la interpretación del compositor escogido.  Dependiendo de los movimientos de las obras,  tocó con énfasis, con brillo, con expresión, con intensidad, sobre todo en los adagios y en los pasajes dulces.

En esta noche memorable, gustamos una vez más el virtuosismo cerebral y muscular de este pianista de renombre mundial, luciéndose al materializar el ideal del virtuosismo matemático de Haydn.  Si en muchos compositores destaca el espíritu romántico, sensible, artístico, de ensoñación y de belleza de las melodías, en Haydn y en Handel sobresale la excelencia matemática.  Para interpretarlos debidamente, el músico debe someterse a intensivo entrenamiento, cultivar increíble habilidad dactilar y madurar el control para no dejarse llevar por el sentimentalismo.  Las suyas son obras complicadas, llenas de fusas y semifusas, de melodías que se persiguen y se empatan y de verdaderos “trabalenguas” de arpegios, haciendo muy difícil el acompañamiento de una mano con la otra.  Son obras de filigrana, donde la disposición y la continuidad del diseño son absolutamente prioritarias. Sus formatos tienen unas pautas exactas de métricas, reglas y excepciones, como las de un soneto en poesía.  Ello implica una complejidad motora y cerebral del más alto grado, que es llevada a un estadio superior cuando el mismo Hamelin, como compositor, complementa los conciertos con sus propias cadenzas.  Y el hecho de contemplar tal prodigio produce un placer monumental.

Y, luego de los embriagadores conciertos para piano, la orquesta entregó la Sinfonía #89, una de las menos conocidas del compositor de la noche.

La orquesta se mantuvo bien acoplada, con todas las secciones a tempo, fruto de una dirección serena y mesurada, que hizo sobresalir las exquisitas melodías.

En el primer movimiento, “Vivace”, el conjunto tradujo a la perfección la estructura periódica y respetó  debidamente la unidad temática.  Magníficos la hermenéutica del tema melódico, las transiciones de los tuttis y el enérgico juego intermitente de los violines. Los diálogos golpeantes, inmejorables; las cuerdas, con cierto misterio, se encargan de dejarnos en la cabeza ciertos pasajes “pegajosos” y emprenden con virtuosismo la recapitulación.

El andante con moto, bien acompasado, según el ritmo de la época. Las secciones instrumentales fueron una sola, por la exactitud en los acentos. Los chelos y el contrabajo, muy bien. Magníficos los pizzicatos y los pasajes “dramáticos”.     La melodía contagiosa y los principales cantábiles nos hacen evocar aires pastorales. Todo salió magistral.

El Allegretto, delicioso, con su minué entusiasta, sus tuttis y sus continuos flujos de corcheas. El director Labadie supo levantar como nadie los vigorosos latidos fortísimos de los últimos pasajes de este movimiento.

En el finale (Vivace assai), construido en un comienzo como rondó, disfrutamos del estribillo de la melodía, de carácter alegre y popular.  Los tuttis y los intercambios entre los vientos resultaron extraordinarios.  La coda, con sus contrastes dinámicos (piano, pianissimo, fortissimo) logró cautivarnos y dejarnos en el estado anímico optimista de este movimiento, tras la ejecución total.

Pudimos comprobar, una vez más, que Les Violons du Roy están en plena madurez. Además, siempre es un deleite adicional observar al maestro Labadie, preciso, acucioso, enérgico, pero mesurado y elegante, dirigiendo tan importantes piezas.   En suma, un magnífico concierto.

Fotos: Camirand Photo y FranKaufman

Autor: Sergio Esteban Vélez

Comunicador de la Universidad de Antioquia, especializado en Lenguas Modernas en la Universidad de Sherbrooke. Ha publicado siete volúmenes de poesía y de entrevistas. Es columnista semanal del periódico El Mundo (Colombia) y comentarista cultural de Noticias Montreal. Fue secretario general de la Academia Antioqueña de Letras. Ha sido ganador, entre otros, del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar”, máximo galardón al periodismo colombiano, y del Premio “José María Heredia”, que le concedió el Instituto Nacional de Periodismo Latinoamericano, de Los Ángeles, California.

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