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El Far West en Montreal

El pasado lunes, tras recibir un impacto de bala, sucumbió el joven inmigrante danés, Kevin Batebi. Tenía 39 años y dejó huérfano a un niño de 5. Su muerte ha levantado una estela de conjeturas, porque nadie se explica por qué un joven tan buena gente, que ni bebía, ni fumaba, ni era ningún criminal, como lo afirman quienes lo conocían, tuvo un final de tal naturaleza.

Los hechos, en resumen, ocurrieron así: El lunes 27 de diciembre de este año, a las 21h 30, Kevin, venía de salir de su trabajo, en el restaurante Anatolia de Saint-Léonard, en Montreal, cuando una bala disparada en apariencia, por alguien que lo esperaba a las afueras de su trabajo, lo hirió de tal modo, que cuando fue llevado al hospital, solo se constató su deceso.

Para Montreal, este suceso es todo un escándalo, porque se arribaba al 37 avo homicidio durante el 2021, en una ciudad tenida por pacífica y libre de la violencia callejera de otros lugares; y es de esperar que se termine al año así, y no haya nuevas víctimas.

Sin embargo, el martes, o sea ayer, otra bala atravesó la humanidad de otro joven, mientras caminaba con unos amigos por el bulevar Laurentien, en la circunscripción de Ahuntsic-Cartierville, en Montreal. La bala fue disparada a bocajarro por una mano aún en el misterio. Hasta el momento, el herido se recupera y pareciera estar estabilizándose.

Para quienes venimos de Latinoamérica, es posible que esta cifra de muertes violentas en Montreal, parezcan fútiles y sin importancia, comparadas a las cifras de gran envergadura, o de locura diríamos más bien, que se producen en esa parte de nuestro continente.

También habrá quienes piensen que las 37 muertes de este año, comparadas con la población montrealesa, no son nada; y hasta podría aceptarse dentro de los parámetros “normales”. Después de todo, como se dice frecuentemente aquí en Montreal, este es un problema que se soluciona con un control de armas. Es decir, la culpa la tienen las armas que se venden por allí fácilmente; como decimos también en Latinoamérica que la culpa de violencia hamponil, la tiene la pobreza, la miseria. Siempre nos gusta mirar a los lados, nunca al interior de uno mismo.

Pero créanme, la delincuencia como problema social, así empieza.

Cuando vivía en Perú, la casa de mi madre tenía una cuerda hacia afuera, que cualquiera podría jalarla, como para agitar campanillas, y la puerta se abría; y nunca nadie entró que no estuviera permitido; y no era un pueblito, era la segunda ciudad en importancia de Perú. Cuando adolescente, paseaba por sus calles céntricas de madrugada, solo, y nunca se me ocurrió que alguien me podría asaltar y hasta matar. Cuando viví en Lima, ya casado y con una hija, mi apartamento, como el de los demás, no tenía rejas, y eso que las ventanas daban a la calle y de fácil acceso; eran de vidrio y hasta las dejábamos abiertas.

Cuando estudiaba en Chile, ya sea en Concepción donde vivía, o en Santiago, o en cualquier ciudad que visité, en ninguna casa había rejas en sus puertas y ventanas; y uno podía transitar con libertad y sin temores. En ambos países, claro está que había crímenes, pero eran muy pocos (tal vez los mismos que hoy registramos en Montreal), y fíjense a lo que se ha llegado tanto en Perú como en Chile, donde la gente vive en zozobra por la delincuencia.

En el caso de Venezuela, donde también he vivido, la violencia callejera es de mayor data; a tal punto que cuando dije a mis amigos que me iba a Caracas, me dijeron todos, cómo se me ocurría ir para allá, si hasta en los ascensores te matan o violan; no obstante, llegué a Caracas un abril de 1979, y quedé estupefacto cuando llegué al edificio donde iba a vivir, porque todos, absolutamente todos, los apartamentos tenían rejas en sus puertas y ventanas, con gruesos barrotes.

Me quise ir de inmediato; y lo habría hecho sino me detiene uno de mis familiares que vivía allá hacia un buen tiempo; y me quedé. Como todo animal de costumbres que somos los humanos, aprendí a vivir en el bosque, mimetizándome en algunos casos, y en otros sacando las garras para conservar mi espacio; y así pasaron 25 años; hasta que un peligro mayor se apoderó del país, y no me quedó otro recurso que emprender las de Villadiego; y heme aquí en Montreal.

Todo lo dicho es para ilustrar que, al peligro, al mal, no hay que menospreciarlo; hay que ocuparse de él, porque en definitiva es más fuerte que uno, y cuando menos lo esperamos estará frente a nosotros desafiante, o detrás, agazapado, para asestarnos un golpe traicionero. Entonces será tarde, y erradicarlo significará un esfuerzo descomunal, que posiblemente nadie -ninguna autoridad- estará dispuesta a realizar.

Autor: Víctor Hugo Ortiz

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú y el diario El Nacional de Venezuela. Tiene una larga experiencia como empresario y administrador. Ha sido testigo y muchas veces actor de los grandes cambios políticos y sociales que han ocurrido en Latinoamérica. Vive en Montreal desde el año 2004 y es cofundador de NM.

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