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Jean Charest tras la jefatura del partido Conservador

Jean Charest. Foto Youtube

¿Por qué un exprimer ministro de Quebec, liberal (por su pertenencia al Partido Liberal de Quebec), se postula ahora por un partido conversador?

Podríamos responder que ese propósito no es ajeno a Jean Charest. Es más bien un retorno a sus orígenes; a su punto de partida. En otros términos, Charest es liberal en su natal provincia y conservador a nivel federal.

Charest, quien nació en 1958, fue elegido diputado a la Cámara de los Comunes de Canadá en 1984 representando al Partido Progresista Conservador, entidad que viene a ser la fuente originaria del actual Partido Conservador. Permaneció como diputado federal por espacio de 14 años, hasta 1998.

Durante ese periodo en Ottawa, desempeñó tres carteras ministeriales para el gobierno conservador (es decir del Partido Progresista Conservador) de Brian Mulroney, debutando entonces como el más joven de los ministros en Canadá. Tras la renuncia de Mulroney, le sucedió Kim Campbell, quien sería la primera mujer en ocupar el más alto cargo ejecutivo de Canadá, y aunque su gobierno duró menos de seis meses, Charest fue su viceprimer ministro y ministro de Industria, Ciencia y Tecnología.

En 1998 Charest se repliega a Quebec, y gana el liderazgo del Partido Liberal de Quebec, siendo elegido diputado por su circunscripción de siempre, Sherbrooke; y en el 2003 logró convertirse en primer ministro de Quebec, permaneciendo en el cargo hasta el 2012.

Su preeminencia se vio desgastada tras una especie de “Mayo francés del 68”, protagonizada aquí en Quebec por los estudiantes universitarios y de collèges, que enarbolaron los emblemáticos cuadros rojos (les carrés rouges).  Igualmente, acusaciones de corrupción salpicaron a su gobierno, no quedándole más remedio que convocar a elecciones provinciales, cuyos resultados fueron desastrosos para él porque perdió incluso la confianza de su baluarte Sherbrooke, que no lo eligió diputado esa vez. Charest se retiró de la política, abatido… hasta hoy.

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Jean Charest, no contento en su ostracismo político, reapareció para sorpresa de muchos. A sus jóvenes 63 años, vino dispuesto a ganar el liderazgo del Partido Conservador de Canadá. De aquí a que gane, ya es otro tema.

Sus posiciones encontradas con algunas de las medidas que promueve el actual gobierno de Quebec podrían mermarles a sus pretensiones, el apoyo de la provincia. Sin embargo, esto no es raro. Es normal una cierta discrepancia entre los intereses federales y los provinciales. Algunos también dudan que Charest pueda lograr el apoyo de las provincias del Oeste canadiense; y ese sería su talón de Aquiles; sin embargo, sus contendores también tienen notorias debilidades, y es posible que la contienda pueda ser muy cerrada.

Hace tiempo que el liderazgo en del Partido Conservador viene dando tumbos. A veces parece que se fuera a dividir. No obstante, es importante tener un partido conservador que como lo ha hecho en el pasado, sirva de contrapeso a las otras alternativas políticas; pero que esa alternativa debería ser válida y útil, que justifique el respaldo que se le pueda dar.

Sería una lástima que el Partido Conservador de Canadá siguiera los pasos del Partido Republicano de Estados Unidos, asumiendo un radicalismo excesivo, o transformarse en una suerte de cofradía o de culto; y, peor aún, en un culto a la personalidad. No digamos que debemos criticarlos por una suerte de populismo, porque todos los partidos adoptan estas posiciones de alguna manera. Pero fomentar la polaridad, la división de la sociedad -aunque está de moda en el mundo entero-, no creemos que concuerde con la politesse ni el savoir faire canadiense.

Bajo esta óptica, quizá Jean Charest podría otorgarle al PCC un poco de equilibrio y un baño de sensatez, que no le vendría mal, y alejarse lo más posibles de las tentaciones mesiánicas y engreídas, cuyos resultados los estamos viendo en estos momentos, con una guerra en curso y con la interrogante de si tendremos un mañana, que nos demuestran hasta dónde pueden ir los gestos radicales, absolutos y los personalismos megalómanos.

Jean Charest, en apariencia (y remarcamos, en apariencia) parece un hombre tranquilo, objetivo, práctico y conciliador, a pesar de ciertas imputaciones de corruptelas, nunca comprobadas, pero que algunos le atribuyen, y que de no ser así podrían ser sólo los efectos colaterales del ejercicio del poder.

Autor: Víctor Hugo Ortiz

Economista de formación y periodista de vocación. Estudió en Chile, Perú y Venezuela. Trabajó en los periódicos La Gaceta y La Industria de Perú y colaboró para los diarios La Prensa de Perú y el diario El Nacional de Venezuela. Tiene una larga experiencia como empresario y administrador. Ha sido testigo y muchas veces actor de los grandes cambios políticos y sociales que han ocurrido en Latinoamérica. Vive en Montreal desde el año 2004 y es cofundador de NM.

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